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Dios y diablo en Navarra

Lucifer no descansa. La elección de la nueva presidenta de Navarra es buena prueba de ello. Es la obra casi perfecta del diablo. Hasta ahora, los presidentes de la Comunidad Foral eran elegidos directamente por Dios. Por eso ha considerado siempre UPN que el hecho de que ellos hayan gobernado casi sin oposición (llamar oposición a la actitud suicida de los socialistas navarros revela una notable inocencia) obedece a una ley natural que en Navarra adquiere tinte religioso: los votos los pone Dios. Y ahora ha sido el diablo quien se ha adelantado. Una próspera comunidad que se deja embaucar por cuatro o cinco partiditos de nada que han unido escaños para desalojar a la derecha y quebrar el estado del bienestar sometiendo a sus ciudadanos a Dios sabrá qué tropelías. Las que quiera Lucifer. Ya sabemos cómo se las gasta.

En el fondo, aunque adornada con argumentos un poco más sutiles, ésta es la perspectiva adoptada por políticos y comentaristas escandalizados ante la sinrazón en la que se han embarcado los navarros. Escandalizados por algo que, sin duda, supone una novedad en los usos democráticos, a saber, que varios partidos se unan para constituir mayorías. Esto no ha sucedido jamás. Ha tenido que ocurrir ahora y en Navarra. Ninguno dijo palabra alguna, por supuesto, cuando hace unos años otro enviado de Lucifer que se llamaba Ibarretxe obtuvo 30 diputados (8 más de los previos) con una diferencia a su favor de 81.500 votos sobre el PSE, segundo clasificado, que obtuvo 25 diputados. El PP perdió dos escaños, pero sus 146.000 votos (frente a los 400.000 del PNV) y 13 diputados fueron los que desalojaron a Ibarretxe de la lehendakaritza. Ahora ha sucedido lo contrario en Vitoria y en Navarra, y el personal monta en cólera. Tanta cólera que un PP desnortado incluso está pensando en cambiar la ley para que no pase aquí lo que es habitual en muchos países europeos desde hace años. Nadie o muy pocos de quienes se rasgan las vestiduras dijeron nada entonces. Lo dicen ahora que ven a Barkos hacerse con las riendas del Gobierno en Navarra. Vamos a achacarlo a la debilidad de unos usos democráticos en cuya cultura política siguen pesando demasiado todavía los años de la dictadura. No son entendibles de otro modo esos ataques basados en argumentos ad hominem que rozan la caricatura.

Navarra ha estado gobernada durante decenas de años por una derecha atolondrada y cerril, para la que solo han existido los buenos y los malos, siguiendo así -a la navarra- el esquema de comportamiento establecido en España contra los socialistas por ese otro gran estadista que se llama Aznar. Todo lo que oliese a vasco o abertzale era malo, por definición. Tan malo que en los últimos años esa forma simplista de trazar líneas ha invadido las propias filas de UPN, que ha tendido a incluir a veces a sus propios votantes del norte entre los malos de la película. Una derecha tan nefasta y corrupta que hundió la Caja de Ahorros mediante operaciones aún no explicadas. Una derecha que puso sus zarpas en el Osasuna y deshizo el equipo. Una derecha con un presidente que confundía en Elizondo, a donde solo pudo llegar gracias al GPS, mutildantzas con multidantzas. Una derecha con una presidenta navarrica de pro que daba lecciones de navarrismo aunque hubiese nacido a cientos de kilómetros y solo hubiera accedido a aquellas tierras comenzando la reconquista en los despachos de una universidad creada anteayer. Unos gobiernos tan rancios que hacían posible que en los televisores se pudiera ver algún canal de Minnesota pero no la ETB, obstaculizando de forma grave la libertad de los ciudadanos. Ya se sabe: es porque estaba en inglés. Ahora Uxue Barkos se va a cargar el inglés y en Ribaforada los bandos de la alcaldía serán solo en euskera. Pobre del que no tenga el EGA. Porque, es de todos sabido que el nuevo Gobierno va a impulsar una lengua como el vascuence, que no sirve para nada, y prohibir una lengua como el inglés, que es la pera, porque las lenguas son siempre incompatibles entre sí. Así lo dicen quienes, en la mayor parte de las ocasiones, son incapaces de decir dos palabras seguidas ni en inglés ni en euskera. Sin embargo, no ha sido siempre así. La derecha navarra no ha sido, a lo largo de la historia, tan cerril, antivasca y despreciativa como lo ha querido la UPN moderna. Todavía guardo en casa un certificado expedido por la Diputación Foral de Navarra en pleno franquismo (cuando el presidente de la Diputación era el gobernador civil) en el que se reconoce que hablo euskera. Una comisión iba de pueblo en pueblo haciendo exámenes orales: los niños éramos obsequiados con ese diploma y nos abrían una cuenta en la Caja de Ahorros (ahora hundida) de 500 pesetas, que en mi caso equivalía a la paga de 500 domingos. Era una derecha no antivasca.

Barkos ha mostrado enorme prudencia: se ha sentido obligada a explicar, entre otras cosas, que es abertzale en una comunidad que mayoritariamente no lo es. Es la primera presidenta en decir algo así, como si todos los navarros, en presidencias anteriores, fueran de UPN. La derecha navarra ha dado en estos primeros días muestras de mala educación, de no saber perder y de incapacidad para aceptar cambios democráticos. Muchos comentaristas se han parapetado no ya en el vamos a ver, sino en la sospecha de fondo, cuando no en echar lodo de forma directa. Bueno, quizás esa postura sea coherente: al fin y al cabo, ya sabemos que si Lucifer se hubiera quedado en casa, nada de esto habría sucedido. Amén.

El autor es director del Instituto de Euskara