El monumento del horror
El monumento Navarra a sus muertos en la Cruzada es una obra que conmemora la Guerra Civil con la particularidad de que sólo homenajea a los muertos y caídos por el bando nacional.
Arquitectónicamente, el edificio es una rancia réplica de la cúpula y pórtico del Vaticano, a los que se añaden dos torres laterales, burda copia también de las torres neoclásicas de la catedral de Pamplona-Iruña. Los buenos aficionados al arte sabemos que el edificio, estilística y artísticamente, no tiene mayor valor.
Desde el punto de vista ético, la defensa de la pervivencia del edificio tal y como se proyectó en su momento es injustificable en una sociedad democrática como la que los ciudadanos navarros nos hemos dado.
En una sociedad democrática como la nuestra es inadmisible permitir por más tiempo la permanencia en la cripta del edificio de los restos de los militares, Mola el director y Sanjurjo el jefede la sublevación, que impulsaron y participaron en el golpe militar contra el régimen republicano legalmente constituido, y que dio lugar a la terrible guerra civil posterior.
Lo mismo ocurre con los restos de las otras seis personas también enterradas en la cripta, ya que solamente representan al bando nacional, el vencedor a sangre y fuego.
La necesaria desaparición del monumento dedicado a la cruzada tal y como se ideó no es sinónimo de demolición. La clave puede estar en mantenerlo en pie, explicar realmente qué es, y convertirlo en un museo de la memoria de la brutal represión del bando nacional en Navarra. Tenemos un magnífico ejemplo en la impactante Casa del Terror (Terror Háza) en la ciudad de Budapest. El edificio fue la sede del partido filonazi húngaro y, tras acabar la Segunda Guerra Mundial, cuartel de los servicios secretos. Se remodeló por completo y se transformó en un museo que explica las relaciones de Hungría con la Alemania nazi y la Unión Soviética, y que a la vez conmemora a sus víctimas. Además, se visitan las celdas de aislamiento de los sótanos, donde la brutal policía secreta interrogaba, torturaba y hasta ejecutaba a los prisioneros. La visita conmueve e impresiona y no deja a nadie indiferente.
Todo mi apoyo al equipo de gobierno del actual Ayuntamiento de Pamplona-Iruña en su decisión de exhumar de la cripta los restos de los que allí se encuentran, dando así cumplimiento a la Ley de Memoria Histórica y a la Ley de Símbolos de Navarra, que hasta el año 2015 han sido de costosa y polémica aplicación (recordemos el lamentable episodio en 2009 del cambio de nombre de la plaza donde se sitúa el edificio).
En nuestra querida ciudad Pamplona-Iruña podemos ser pioneros, aunque la tarea será dura. Ánimo.