oy se cumple una semana de mi nueva vida en soledad. Es asombroso de qué modo tan natural se ha agudizado mi relación con las cosas, con eso que algunos llaman ingenuamente naturaleza muerta. He salido de una situación cuando menos penosa: siete años de dejadez, de un sedentarismo aniquilante que de un modo cierto me ha situado al borde de la muerte. La muerte negra y negra. Se ha abierto para mí un mundo nuevo plagado de signos cuyo valor intrínseco tiene mucho que ver con un modo generoso de plenitud desconocido hasta ahora que he tomado la decisión de vivir solo, de abrazar la soledad como bastión de mi espíritu. Sabiendo desde el principio que soy solo, la soledad como elección es un saludable complemento. Podría hablar del modo de enfocar las cuitas cotidianas, puedo hablar de una suerte de laxitud activa que rige mis pasos y mi conducta. Me levanto temprano, elijo cada prenda con gusto, casi con un refinamiento estético que estaba oculto en alguna oscura estancia de mi alma. Dentro de la humildad de mi armario visto con higiene y pulcritud. Al vestirme siento cómo un calor muy primario penetra en mi cuerpo que se deja hacer con docilidad. Hago la cama con cuidado, de modo que cada pliegue esté en su sitio, que las sábanas queden bien estiradas y la colcha -que cambio cada semana- ofrezca la mejor imagen que mi ojo pueda percibir porque, antes de salir la reviso y doy el visto bueno o no, en cuyo caso vuelvo sobre mis pasos y lo hago todo de nuevo. Qué puedo decir del café, es el único vicio que conservo y no recurro a esas nuevas cafeteras con pastillitas que nadie sabe qué contienen. No, hago mi café en una vieja cafetera que expande su aroma por todo el piso y ese olor me transporta a regiones de confort impagables. Iniciar el día de esta manera es algo especial. Después de asearme con placer y asepsia, debo salir a la calle pero siempre me maravilla el modo como sale el agua del grifo una y otra vez, abundante, sin viso alguno de escasez y, en este punto, pienso en los países donde carecen de este milagro y se ha instalado la hambruna. Es insoportable la visión. La sobreabundancia lleva implícito el crimen por omisión o eso creo. Si yo supiera que este pequeño escrito iba a ver la luz, denunciaría a ese primer mundo que vive de un modo criminal. Pondría ante un alto tribunal a los políticos que derrochan recursos a espuertas, que llevan sus pútridas empresas a paraísos fiscales donde esconden su vulgar avaricia y su miedo. Y nosotros, las gentes humildes, ¿qué podemos hacer? Denunciaría a la banca, que después de ser rescatada con el dinero de los pobres, despiden a miles de empleados para, de un plumazo, aumentar sus beneficios ya de por sí escandalosos. No haré esa denuncia porque nadie se va a hacer eco de este pequeño escrito vespertino.

Al salir a la calle uno, como no puede ser de otro modo, se encuentra con la gente pero, ahora en este nuevo estado de soledad, ha perdido esa cualidad grupal un poco adocenada. Cada persona es un universo propio y singular que me fascina por igual. Veo a un señor mayor asido a un bastón cómo camina pausadamente y, aunque ignoro dónde va, fantaseo sobre su vida, qué hará y cómo ha vivido, y su atuendo, su semblante, me dicen algunas cosas que siempre había ignorado. Una chica joven, estudiante o dependienta, o ambas cosas a la vez, desprende esa fértil belleza de los veinte años camina alegremente y ambos, el señor mayor y yo mismo, la miramos con nostalgia quizá de las mujeres que hemos amado o nos han amado alguna vez. Grupos de gente que suben al ómnibus. El chófer que maneja un volante gigantesco y viste con pulcritud el traje corporativo. Ahora se ven muchas conductoras, ¡eso que gana el servicio! Si tuviera que definir el ritmo de la ciudad diría que es frenético, pero yo ahora estoy en otro lugar.

El autor es escritor