El gas que pagué ayer es un 50% más caro que el que pagué en marzo de 2022, hace un año. Un 50% más caro, flipa. La hipoteca de dentro de unas semanas no sé, pero no quiero ni saber, ya llegará. Los alimentos leí ayer que han subido un 16,7% este último año, aunque no sé yo si me lo termino de creer. A todo esto, hay una guerra brutal en Ucrania y el mundo sigue peligrando y durante un par de días lleva sobrevolando una posible crisis financiera a causa de unos bancos en Estados Unidos. No me digan que no vivimos unos tiempos cuando menos interesantes. Interesantemente tremendos, claro. Y eso que estamos en el hemisferio rico y en uno de los sitios más privilegiados dentro de ese hemisferio rico, así que aunque tengamos derecho a quejarnos –el tema es que no sabes ya muy bien a quién y para qué– no lo hacemos mucho porque siempre hay miles de millones de personas peor que tú y te da como cosa. Porque ya no nos quejamos. O muy poco. Más bien nada, diría yo.

Sale un poco cada empresa cuando lo suyo va chungo, los pensionistas que son unos hachas y pare usted de contar. Estamos como anestesiados, tal vez ya directamente derrotados por el propio sistema, que a fuerza de hostias y de complicarse y de enmarañarse te va quitando la energía necesaria para salir a la calle y protestar. ¿Salir con quién, además? ¿Y contra quién? Esa es otra. A veces no se sale a la calle porque crees que no compartes nada con el 50% de los que saldrían a quejarse contigo. Y al revés. De ahí que se salga tan poco. Yo con ese ni a heredar, piensas. Y te quedas en casa, mientras con lo que ganabas hace un año –que es casi lo mismo o lo mismo que ahora– comprabas y pagabas y ahora necesitas un 30% más para hacerle frente. Pero bueno, que ha empezado la semana del pincho y sea lo que sea lo que nos tenga preparado el futuro que nos pille jalando. ¿Salir a la calle? Sí, pero de pinchos.