Ha escrito nuestro compañero Juan Mari Gastaca que es en Madrid “donde emanan los estados de ánimo que acaban calando en la mayoría del país”. Gastaca conoce a fondo el paño y lo demuestra en sus crónicas. Madrid es efectivamente la escena de un estado emocional y de un clima dominante. Un concentrado de poder político, económico y mediático. Madrid es un género dicotómico en sí mismo. La autonomía y el Estado. La aspiradora y el ventilador. La picadora y amasadora. La burbuja y el centinela.
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Una factoría de construcción nacional desde la hegemonía cuasi perenne de la derecha, cuyo relato simple pero efectivo se asienta en la repetición y la ubicuidad. Madrid es un imaginario acaparador. El eje de un círculo concéntrico. Su longitud de onda se proyecta especialmente sobre las Castillas, Andalucía, Aragón o Extremadura. Pero no solo. La definición de que “Madrid es la España necesaria” acuñada por Ayuso representa un ideario profundamente estrecho. Miguel Ángel Rodríguez, pieza importante en la aznaridad y experto en climatización, ha aupado a Ayuso a una estrategia ganadora, asentada en la correlación mediática y en un centralismo derechón trillado desde hace la pila de años. Sin ir más lejos, el Tamayazo cumple ahora su 20 aniversario. Dos décadas de melancolía para una izquierda madrileña que incluso en tiempos de Carmena a menudo se ha movido entre torpe, narcisista o indolente, adentrada hasta hoy en su propio laberinto. La España uniforme se manufactura principamente desde Madrid. La España plural, cuando emite, lo hace con continuas interferencias. Desde 1996, en los últimos 27 años, Aznar y Rajoy gobernaron durante 15, aunque la derecha hizo mucho ruido durante el mandato de Zapatero y lo ha vuelto a hacer con Sánchez. Una derecha que por el camino se ha escindido y radicalizado, y que al parecer ha dejado de generar temor. Si el 23-J Pedro Sánchez pierde las elecciones será previsible un intento de volantazo conservador en el PSOE auspiciado por aspirantes a una sucesión en línea con el viejo aparato. Haría muy mal Sumar, tras su pésimo inicio, en situar esa hipótesis como oportunidad. La derrota de la mayoría progresista, de producirse, será un baldón, y confirmaría que una coalición no se construye por el tejado, ni se concluye el día de la entrega de llaves. Este tiempo exigía no dilapidar lo alcanzado ni en espejismos ni en vodeviles, por más que los focos madrileños deslumbren o achicharren. Por cierto, en este 2023 en el que se cumplen 20 años del Tamayazo, también hará 20 del arranque del tripartito progresista catalán presidido por Pasqual Maragall; anticipo de la llegada de Zapatero y semilla del nuevo Estatut cepillado por Guerraand company. Ese primer tripartit vino de un entendimiento entre el PSC, en su versión más catalanista, Esquerra e Iniciativa. Entente hoy imposible en la alcaldía de Barcelona entre el propio PSC, los Comuns y ERC.