No hay matices entre terrorismos. Ni en el terrorismo islamista de Hamas. Ni en el terrorismo de Estado del Gobierno de Netanyahu. Solo coincidencias, el fanatismo religioso o étnico como hilo conductor hacia una máxima común: el fin justifica todos los medios. La fría contabilidad de las personas asesinadas irá aumentando sus cifras día a día, con un evidente desnivel de los muertos palestinos en el recuento final. Como ha sido desde que grupos terroristas sionistas comenzarán la ocupación ilegal y la expulsión de sus tierras ancestrales de miles de palestinos en 1948. De nuevo, bombardeos indiscriminados contra la población civil como respuesta a la operación terrorista también indiscriminada de Hamas en la frontera con Gaza. Nuevos crímenes de guerra contra víctimas civiles inocentes –muchos de ellos niños y niñas en esa tierra abandonada a su desgracia–, que nunca llegarán a los tribunales internacionales de justicia. Se analicen como se analicen las causas, las consecuencias y la realidad del conflicto –no todos los israelíes ni todos los judíos comparten la estrategia del Estado de Israel ni todos los palestinos la de Hamas–, nada puede servir de argumento justificativo para el secuestro o asesinato indiscriminado de civiles. Ni la profunda desesperanza que acumula el pueblo palestino tras décadas de opresión y ocupación ilegal. Ni el derecho a la defensa del Estado de Israel. Es una infamia lo haga quien lo haga. Sé que la guerra siempre es un negocio y contra más interminable, más negocio, y que en ese negocio la deshumanización es parte fundamental. Pero el asesinato colectivo de inocentes, mujeres, ancianos y niños es imposible de defender. Olvidar esa verdad, es manipular lo que sucede desde hace 75 años en Palestina. Israel, con el apoyo político y militar de Occidente, tiene también sus obligaciones legales internacionales que incumple sistemáticamente para extender sus territorios desplazando a los palestinos. El bombardeo indiscriminado de la población civil es ilegal en el Derecho Internacional. Y la lucha contra Hamas no varía eso. Cada intento de lograr una paz duradera y justa ha chocado con los mismos lastres, desde Camp David a Oslo o la Hoja de Ruta: el desequilibrio de apoyos, una evidente supremacía militar, el apartamiento de los sectores más proclives a la solución en ambas partes y un creciente abandono de la comunidad internacional, que ha sido incapaz de hacer cumplir las muchas resoluciones de la ONU en favor de los ciudadanos palestinos desposeídos por la fuerza de sus casas y de sus tierras. A todo ello hay que sumar un evidente avance de las posiciones más extremistas y religiosamente fanáticas –también contra los cristianos–, en Gaza y en la política israelí, incluida la detención y maltrato de niños y niñas en los últimos años. Netanyahu, acuciado por denuncias de corrupción, lleva años impulsando la zona al desastre con la ocupación ilegal de más territorio y la limpieza étnica de los palestinos, en un estrategia se parece todo a cualquier otra política de exterminio de la Historia. Incluida la que sufrieron los judíos a manos de los nazis en el Holocausto. Pero todo transcurre como si no ocurriera y quien tiene poder para detener el horror no lo hace. Una batalla desigual entre la arrogancia del impune y la desesperanza del olvidado. Todo seguirá igual.