Han empezado a colocar el vallado del encierro. Algunos tablones llevan ahí más de setenta años. Han visto pasar generaciones enteras de corredores, de pamploneses, pamplonesas y de visitantes. Y vuelven a recordarnos que los Sanfermines están ya a la vuelta de la esquina. Las fiestas han cambiado en esas siete décadas. Hay más normas, más seguridad y más controles. Las fiestas son más igualitarias, más internacionales, más multitudinarias y mucho más visibles gracias a las redes sociales. Hoy los Sanfermines se retransmiten, se fotografían y se comentan casi en tiempo real desde cualquier rincón del mundo...

Pero hay cosas que siguen igual. La ciudad empieza a temblar cada vez que se clavan esos tablones capaces de aguantar la embestida de toros de media tonelada. La cuenta atrás que comienza cuando llega junio es una espera tan emocionante como adrenalínica. La ciudad cambia de ritmo y entra en una especie de preparación colectiva, litúrgica. Y lo saben quienes los viven por primera vez. Desde que llegan.

Un chaval de veinte años puede llegar a Pamplona después de haber visto cientos de vídeos del chupinazo o del encierro o simularse corriendo con la IA. Puede creer que ya sabe lo que se va a encontrar. Pero descubre que una fiesta así no cabe en una pantalla. Porque los Sanfermines siguen siendo una experiencia compartida. Una ciudad entera viviendo unos mismos días con una intensidad difícil de explicar desde fuera. Y eso, probablemente, es lo que mejor ha resistido el paso del tiempo. Esa capacidad de generar una emoción colectiva que sigue renovándose generación tras generación.