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Isla Busura

Maite Esparza

Concentrarnos

Concentrarnos

Se trata de bajar el volumen de lo que hay alrededor. Silenciar todo el horror que escondía el caso Pelicot y ahora escuchamos en las vistas públicas del juicio. Retirar con una servilleta de papel el cadáver del mosquito que acabo de aplastar contra la pared, el resistente, el que nos ha picado esta noche como si estuviéramos en agosto acampando junto a un río y no durmiendo en casa ya de vuelta al cole. Vamos a retirarlo todo de la mesa para no distraernos, le digo a mi hijo, y nos enfocamos como si nuestra cabeza fuera un flexo encendido. Nos centramos en el círculo de luz, el tuyo en el folio y el mío en la pantalla del portátil. Él, en la redacción sobre la escape room del mago de la que casi no salimos una tarde de verano. Yo, en esta primera columna de septiembre. Veo la foto en la que aparecemos con Matías y Sandro, cada cual con una sonrisa que cuenta algo diferente y un rectángulo de mar de fondo y el cuerpo contento después de unas gambas, un pez y un vino dorado. El toldo blanco del restaurante ondea amarrado a un poste de madera. Parece el mástil de un barco y nosotros, aprendices de piratas, la tripulación del One Piece. Mi hijo está fascinado por esta saga de cómic manga. Se sabe el nombre del autor, Eichiiro Oda. Cómo me gusta Japón, yo quiero ir, me dice. Los hilos invisibles que nos unen. Sonrío y le repito que se enfoque, que es un flexo. Miro las geishas de papel que me regaló Guren, una sostiene dos carpas naranjas y la otra un abanico, charlan de sus cosas de geishas. No nos estamos concentrando. Nuestro cerebro necesita frecuencias beta, se lo escuché a una neurocientífica. Se generan con música animada pero tranquila y movimiento físico. Y como mi hijo acaba de descubrir en una peli de animación una versión de Where is my mind?, ese temazo de los Pixies, y le enamora, otro hilo invisible, la ponemos. Y nos movemos por la habitación ululando y tocando la guitarra eléctrica. Ahora sí, septiembre. Ya estamos listos y concentrados.