Que sigan ladrando. En La Moncloa, tan retadora expresión es mucho más que una evasiva tópica. Supone toda una estrategia. Aislarse del ruido desestabilizador, de esa insufrible maraña judicial, de esa agobiante presión mediática, de esas envenenadas peticiones parlamentarias en favor de una cuestión de confianza o de unas elecciones. Oídos sordos como única respuesta, ZP aparte. Encapsulado en su propia realidad, y bajo un victimismo que nunca dejará de explotar, así lo ha decidido un orgulloso Pedro Sánchez en el obstinado desafío que se plantea contra su debilidad parlamentaria. De hecho, hasta se ríe irónicamente y aplaude junto a sus acólitos mientras escucha los cánticos de “dimisión, dimisión” en un Congreso que acoge una inédita nueva mayoría después de tres años.
Sánchez no se arredrará ante tanta adversidad acumulada. La cualidad propia de un junco político. Con las agallas suficientes para surfear el vendaval plagado de pedrisco. Quizá más por una cuestión de soberbia que por una obligada responsabilidad. Una obstinada apuesta por consumir malamente esta legislatura que malvive tan solo por inercia en medio del tedio, la ineficacia y de un muro cada vez más elevado y enquistado. Tampoco tan siniestro decorado le preocupa demasiado al presidente. Se levanta cada día convencido –y con la razón de los datos– de que un día de la próxima primavera las urnas le premiarán por haber comandado un país referente en Europa por su crecimiento económico, las mejoras sociales y su estabilidad institucional. Una desbordante visión optimista suficiente para eclipsar la fundada posibilidad de un costalazo electoral que le supondría la pérdida de ese poder por el que lucha despiadadamente.
La cohorte presidencial debería interpretar sin excusas pueriles la nueva mayoría que ha desbancado a los socios de la investidura de Sánchez, precisamente cuando más arrecia la tormenta. La (ultra)derecha suma más que el resto de la Cámara cuando se lo propone Junts. Este partido independentista asiste endemoniado a las vísperas de los plazos para la amnistía de su profeta.
Hasta que vea cumplida la promesa que Cerdán les trasladó de parte de su jefe –el 16 de julio, el TJUE habla–, no dejará de avinagrar al Gobierno cada vez que pueda. Desde luego, el doble golpe de la última sesión plenaria identifica un nítido aviso para la siguiente legislatura. Para cuando ésta llegue, millones de personas habrán ido asumiendo ya en cuatro autonomías la entente entre PP y Vox con una mayor normalidad de la que se preveía cuando sonaban –y no dejan de escucharse– las trompetas apocalípticas. Habrá menos vértigo, sin duda, a participar siquiera tímidamente en esta alianza porque la influencia empresarial catalana no deja de asomarse. El primer paso está dado. Eso sí, sin rebasar la línea roja de la moción de censura que todavía causa cierto estremecimiento en algunos para desazón de un irritado Feijóo, que llega a otro verano sin cumplir con su objetivo.
El papel de los socios
Por motivos antagónicos, los socios de investidura son objeto de cañón para los dos gallitos del PSOE y del PP. Más vale hacer oídos sordos ante el vapuleo. Sánchez estiró de las orejas inusualmente a la mayoría de sus compañeros de viaje de hace tres años en su comparecencia del pasado miércoles. El político gallego, a su vez, los demonizó sin compasión en una muestra inequívoca del enojo que le causan por no atreverse a soltar amarras en medio de tanta corrupción próxima al partido mayoritario.
El zasca a Rufián se veía venir después de que el portavoz de ERC le inquiriera si conocía las andanzas de Ábalos y sus secuaces. La confirmación de la ruptura con Junts ni siquiera sorprendió a los aludidos. El desamor con su antigua ministra Belarra quedó retratado con la despectiva réplica que le tributó tras las acusaciones recibidas: “para usted la perra gorda”. En el caso de Sumar no quiso hacer demasiada sangre habida cuenta del calamitoso estado de sus compañeros de coalición y le bastó con dedicarle un par de gestos despectivos.
Feijóo fue mucho más hiriente. Sabe que está solo por el temor que provoca su alianza con Abascal y esta rabia indisimulada le arrastra a desbocarse con el insulto al resto de los grupos, a quienes llama “cómplices” de la corrupción. Lo hace sin mirarse previamente al espejo donde se reflejan las innumerables tropelías de los suyos. Así las cosas, el presidente del PP fía toda su suerte al desgaste que Zapatero, Ábalos y la gestapillo consentida desde Ferraz generen en el granero socialista y, por supuesto, al reducido apoyo que la otra izquierda recibirá por su engreimiento y cainismo.