Síguenos en redes sociales:

Mesa de Redacción

Joseba Santamaria

Nada más que contar muertos

Nada más que contar muertosEFE

El mundo sigue contando muertos en Oriente Medio. La cuenta diaria de niños y niñas, mujeres y víctimas civiles. De vez en cuando, entra en la lista algún alto dirigente de Hamás en Gaza o ahora de Hezbolá en Líbano, pero son unas pocas gotas en el océano de personas indefensas asesinadas impunemente. Hay otras guerras con sus propios muertos, pero el foco de atención les tiene olvidados. Ni siquiera sabemos qué está ocurriendo en Ucrania. Y eso también sucede en Oriente Medio, el foco se ha trasladado al Líbano después de que esta semana Israel empezara una ofensiva de bombardeos contra el sur del país, pero el genocidio en Gaza y Cisjordania sigue igualmente activo y allí siguen muriendo cada día decenas o cientos de palestinos. Creo que se cuentan los muertos para disimular que no se hace nada más. Esta misma semana se ha celebrado la Asamblea General de la ONU y tanto Palestina como Líbano o Ucrania han acogido el máximo protagonismo, pero el resultado es ninguno. Queda como consuelo inútil la imagen del inmenso boicot al que sometieron a Netanyahu durante su intervención la gran mayoría de los delegados presentes. Simbólico del rechazo que está generando la inhumanidad de las actuaciones de Israel en Palestina y el Líbano, pero sin efecto real alguno que pueda servir para detener esa matanza constante. Al contrario, en su soledad Netanyahu insistió en que la violencia indiscriminada seguirá en aquella tierra. Es cierto que las buenas intenciones políticas y humanas que dieron lugar al nacimiento de la ONU en 1945, tras la atrocidad del desastre que dejó como legado la 2ª Guerra Mundial, y de los tribunales internacionales y organizaciones humanitarias que se constituyeron desde la base de aquellos valores nunca llegaron completas a buen puerto y los incumplimientos de aquellos compromisos han sido constantes y generalizados por sus firmantes –la geopolítica y los intereses económicos siempre han estado por encima de los derechos humanos y de los valores democráticos–, pero están aún vigentes al menos como argumento de conciencia. O estaban, porque lo que está sucediendo en Oriente Medio desde hace casi un año ha roto todas aquellas reglas de la mínima convivencia internacional y ha dejado en evidencia la absoluta inutilidad de la ONU como organismo con capacidad de decisión y de actuación. Un ejemplo es el juego táctico que se organiza cada semana alrededor de los constantes anuncios de negociaciones para acordar periodos de tregua. Se pone el foco en las altas posibilidades, se calma el malestar de la opinión pública internacional y se arroja un nuevo jarro de agua fría. Netanyahu está librando una guerra que va mucho más allá de los grupos terroristas proiraníes a los que dice combatir como autodefensa, abarca al conjunto de las sociedades civiles de esos territorios y la integridad y estabilidad a las que esos países tienen derecho. Por eso, la última palabra solo la tiene Netanyahu. Y si se rompen del todo las reglas de la legalidad internacional y del derecho humanitario, incluso las pocas que pueden limitar algo la crueldad de las guerras, se instala el todo vale y la ley del más fuerte. Y eso solo es una puerta abierta a una espiral cuyo final no se puede prever ni conocer aún, pero es seguro que la humanidad lo lamentará siempre. Lo pagaremos todas y todos.