¿Eres una romántica o una cínica? A veces te lo preguntas en mitad de la noche tropical. Y no lo tienes claro. ¿Cuál sería la diferencia? El romántico quiere creer que el amor forma parte de la fórmula original, mientras que al cínico no le importa ese cuento. Pero claro, ¿qué es el amor? Ahí está el quid. ¿Qué diablos es el amor? Todo depende de la definición. Hay que ver la que hemos montado con las palabras.
Tú puedes llamar amor a lo que quieras. La gente, de vez en cuando, tira petardos. Y te pueden decir muy seriamente que lo hacen por amor. A mí me pasó eso una vez: tropecé con un admirador de los petardos. Para él, el amor era eso. Y me callé. El amor vale tanto para un roto como para un descosido. Y aquí, a día de hoy, algo roto o algo descosido, ¿quién no lo está?, Lutxo. Todos lo estamos. Unos más que otros, claro. Eso sí. No obstante, puede que no me apetezca hablar una vez más de Felipe González. Dicho de otro modo: De Felipe González, puede que, no obstante, una vez más, no me apetezca nada pensar en él.
Hay temas mejores. Todos lo son, supongo. ¿Cuánto dinero habrá ganado? ¿Seguirá fumando puros? No me importa. No quiero saberlo. Hablemos de Zapatero, dice Lucho. Tampoco me apetece hablar de Zapatero. Ahora bien, Sanchez le ha contestado a Aitor Esteban de buenas maneras que, si presenta una moción de censura, tendrá que votar con Vox. La política tiene mucho de teatro. Pero esa es precisamente su parte buena. Luego están los poderes invisibles, que no se andan con miramientos. Cuando Aznar pronunció las palabras mágicas, “Abracadabra, que salten las cabras”, puso en marcha una maquinaria de hostigamiento constante y numeroso que se ha demostrado muy bien alimentada y engrasada. No obstante, de lo de Montoro, ni pío, Lutxo, le digo. Y me suelta: Esperemos que sea para bien.