EL goteo de novedades en el ámbito judicial que desgasta al PSOE y al Gobierno de Pedro Sánchez ha dimensionado aún más la minoría parlamentaria que le afecta. La suma de frentes en los tribunales y la evidente impotencia para articular mayorías estables en el Congreso acercan la legislatura a la parálisis. Ante esta encrucijada, el presidente del Gobierno debe tomar una decisión inaplazable: o lidera una iniciativa política audaz que restaure definitivamente la estabilidad con sus socios, haciendo viable lo que resta del mandato, o debe asumir la responsabilidad de dar la voz a la ciudadanía de forma ordenada.

La tentación de atrincherarse y arrastrar a todo el entramado institucional a un macrociclo electoral en la próxima primavera contaminado por la coincidencia de comicios generales con los municipales y autonómicos los pervertiría. La democracia local conlleva sus propios retos y no puede convertirse en rehén de un plebiscito sobre Sánchez. El PSOE debe interiorizar que el comodín del miedo a la derecha ha caducado. Agitar la involución, aun siendo un riesgo incustionable a la luz del proceder del tándem PP-Vox, deja de ser suficiente cuando desaparece el ejercicio efectivo de gobierno, si el Ejecutivo no es capaz de consensuar mayorías en torno a programas compartidos para sacar adelante las leyes y los presupuestos.

Frente a esta manifiesta debilidad, el Partido Popular manipula el relato para tratar de ocultar su propia inoperancia. El PP de Núñez Feijóo renuncia a asumir la responsabilidad que exige ser una alternativa real porque ha quemado sistemáticamente todos los puentes con el resto del arco parlamentario en dirección a cualquiera que no sea la extrema derecha. Y sabe que dar el paso de la moción de censura conlleva rememorar que la única moción que ha prosperado fue precisamente la que descabalgó a Mariano Rajoy porque el PP fue condenado expresamente por la Audiencia Nacional en un caso de corrupción sistémica; una circunstancia de gravedad judicial probada que, pese a todo el ruido ambiental y mediático, no se ha producido con el PSOE de Sánchez. Con todo, compete a Sánchez demostrar que puede gobernar con apoyos reales y un proyecto compartido o despejar el tablero sin hipotecar el futuro de la arquitectura institucional del Estado.