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Recursos humanos

Maite Pérez Larumbe

Autonombrarse

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¿Les pasa que hay formas de hablar que es escucharlas y ponerse en guardia? A mí sí. Con unas cuantas. Se las he ido contando. Hoy, una más. ¿Se han dado ustedes cuenta de que hay personas a las que les encanta repetir su nombre y aprovechan cualquier ocasión para colarlo en el discurso? Dicen, por ejemplo, X, seguro que llueve más tarde, me avisó mi vecina o me duele la pierna por las noches, Y, me dijo tu padre.

Son gentes que eligen el estilo directo porque les brinda la impagable oportunidad de nombrarse. Dada la insistencia con que lo hacen llego a dudar de que haya sido así en la realidad. Se trata de un recurso para intensificar su presencia, legítimo, pero recurso. Cada vez que les oigo paladear sus nombres con unción, entre comas, concediéndoles el tiempo y espacio necesarios, degustando, protegiendo y exponiendo a la vez, pienso en un rito. Lentitud solemne y rendida adoración, olor a incienso, ecos. Me vienen a la cabeza gatos satisfechos con los ojos cerrados que se relamen y ronronean mientras se dejan acariciar. ¿Ustedes se nombran así, en voz alta? ¿Sin misericordia, en cuanto pueden, con cierta frecuencia, rara vez, nunca? ¿Se siente algo parecido a lo que creo que se siente? Venía escuchando la conversación del asiento de atrás y el nombre propio de la narradora principal brillaba singular, luminoso, estelar. Si yo ya estaba hasta el moño, pensaba que con más razón lo estaría su sufrida compañera, de cuyo nombre no tuve noticia ninguna porque las veces que evocó conversaciones utilizó un discretísimo estilo indirecto. Escuchar este tipo de comunicaciones pasa factura, agota, no te vas igual de lo que llegas. Como si el ser que reiteradamente se autonombra nos pasara al resto su nombre por la cara.