Cada vez son más frecuentes las imágenes de gente literalmente tirada en los aeropuertos, por cancelaciones o retrasos, por huelgas o temporales. Pasajeros en tránsito obligados a mal vivir, o a no vivir tan bien, durante horas de espera. De eso a vivir en una terminal como Tom Hanks, en la película del mismo título hay un trecho que en estos tiempos, donde la falta de vivienda es ya un problema de primer orden, a veces se pasa. Recientemente leía una noticia que me hizo pensar: un centenar de personas sin techo viven en el aeropuerto del Prat en Barcelona. Esa es su casa. Los pasillos de la terminal con todos los servicios, baños limpios incluidos, son el mejor hogar que han encontrado mientras la Generalitat, Aena y los Ayuntamientos de El Prat y Barcelona negocian un convenio para abordar qué hacer con ellos. No son los únicos, ocurre también en otras ciudades. Los aeropuertos, creo, empiezan a ser los espacios, más que lugares, que nos están definiendo como civilización. Para lo bueno y para lo malo. Karmele Jaio describía en estas mismas páginas hace unos días otra realidad: que cada vez es más complicado viajar y sobrevivir en esos entornos hostiles en los que no eres nada o casi nada, porque tus derechos quedan a merced de lo que dictan las compañías aéreas. Y más cuando tienes una cierta edad, en la que manejar apps, móviles y otras plataformas no es tan fácil y menos cuando la información llega en diferentes idiomas, con cambios constantes de horas y puertas de embarque que te obligan a correr literalmente por pasillos interminables. Es cierto que las nuevas generaciones se manejan mejor. Unas nuevas generaciones, por otra parte, en transito vital de un lado a otro del mundo. Pero vuelvo a los aeropuertos, a esos no lugares. Espacios uniformes y similares en cualquier parte del mundo que se replican de una ciudad a otra, como esas calles comerciales con franquicias, que nos hacen perder por momentos la noción del tiempo y del espacio. Viajar es importante sí. Nos aporta mucho. Pero viajar no es solo volar a cualquier precio, pasando a veces más tiempo en la terminal que en el destino. Y por eso resulta paradójico que en este mundo global y neoliberal, los aeropuertos se hayan convertido, como antes lo fueron las estaciones, en un refugio para aquellos que solo aspiran a poder sobrevivir un día más con los pies en la tierra, sin ningún ansia de volar, pero al menos con un techo sobre su cabeza.