Vicente Huici, navarro polifacético, ha publicado ‘1978’, dietario de aquel año que edita Pamiela y parece extraído de una cápsula del tiempo. Huici era entonces un maestro que tomaba apuntes sobre el acontecer político, social y personal; esas notas, ahora compiladas, recobran relieve.
El autor, que sería docente en cinco universidades, observaba en el 78 la importancia de la educación en la batalla democratizadora, “conjurando el fanatismo, el autoritarismo y la arbitrariedad”. Y ponía de relieve la “eficaz y silenciosa labor difusora de propaganda conservadora” de la Iglesia católica, sobre todo delOpus Dei. Me pregunto hasta qué punto esa preponderancia sigue ahí, más o menos rebajada, pero no precisamente lánguida, y cómo influye en el contexto actual, donde parte del conservadurismo ha mutado a reaccionario.
Delirios
“La avería en el contrato social producida por las políticas neoliberales ha hecho a amplios sectores permeables a proyectos de pulsión autoritaria”, escriben al alimón Marc Gil Garrusta y Anna Catharina Hofmann en El País. El neoliberalismo inflama las articulaciones sociales y nos deja reumáticos. A eso se añade el chaparrón del lucro insaciable, de los oportunistas y adanistas incautos. Pero de repente recordamos que los consensos más básicos pueden quedar en agua de borrajas, pues ha brotado un extremismo que nos está gripando. Sabíamos que el sentido común es el menos común de los sentidos, pero no imaginamos que fuese tan voluble, y que la oratoria lo aguante todo. “Nada tan patético como ver que alguien intenta convencer arguyendo razonamientos carentes de toda lógica, expuestos, eso sí, con brillantez y aplomo”, apuntó Huici el 22 de noviembre de aquel 78 hablando del delirio. Una reflexión del todo vigente en esta era del relato.
Tanto hablar de la crisis del régimen del 78 y resulta que tiene una vía de agua por la ultraderecha. El populismo reaccionario aprieta
Sin nostalgia
Ahora estamos viendo cómo un cacho de juventud se vuelve tarumba mientras se siente macanuda. Tanto hablar de la crisis del régimen del 78, y resulta que puede hacer agua por la ultraderecha. Seguro que muchos lo verán coherente, no lo sé.“La lucidez no es un dato a priori de nuestra naturaleza, sino algo construido día a día”, advertía el propio Huici. A la derecha le va como un guante eso de resultar eterna, y con eso y diez soflamas le vale. A la progresía no, la izquierda se enreda en sus propias lianas; presume de obrera, de unida, de federal, de republicana, de feminista y de no sé cuántas cosas más. Y capea peor sus ciscos, sus perpetuos desencantos, sus periódicos espejismos. Es parte de su maltrecho andamiaje. Pero el valor de esta crónica de Vicente Huici, además de su estilo concreto y conciso, es que no mueve a la nostalgia. Aquel tiempo pasado no fue mejor, por más que la tropa ultra prefiera imaginarse un tardofranquismo majete y un país aún sin pervertir.
Recordatorio
No todos los simpatizantes de la ultraderecha son unos damnificados sociales. Me apuesto que si a muchos de sus votantes el Gobierno de Sánchez les ofreciera mañana mismo las llaves de un piso a precio regalado, seguirían pelando la pava extremista, que se nutre de problemas económicos, pero también de élites y banderas, y de una sociedad gripada por fuerzas irresponsables, por ganas de revancha autoritaria y por mil tontunas de este show continuo.