Mi amigo Bingen le llama Elo y Lander, eterno corresponsal de Elizondo y de por allí, preguntaba por la capital de Canadá cuando llamaba al periódico para pedir sitio para “una breve”. Sucedidos, brochecitos de cualquier día de trabajo, y de otro y de otro, y de una semana que llevaba a otra, y a los años por decenas, sin hacer bolo ni producir indigestión. Así es trabajar con ilusión, con ese motor gigante, un intangible nunca medido ni considerado ni computado por las empresas de información.
Con Félix discutimos todos los días porque había que dar el último resultado del partido nocturno de esta competición de aquí y de allá, con clasificación y próxima jornada, claro. Esta tenacidad nos llevó a comentarle la necesidad de publicar los resultados de la Liga lituana... Evitó la respuesta. Pero fue amable.
Estos espacios para la recolección de textos en los que pones tu rostro delante no son fáciles, –así son los tiempos modernos. ¡Eh Monreal! nunca ha importado dar la cara porque eso siempre iba en la firma, pero ahora es necesario poner el careto ante la avalancha de tipos anónimos que dicen cualquier cosa bajo motes ridículos–. Estos no son artículos sencillos, porque practicar esta profesión es sinónimo de responsabilidad, de medición de las afirmaciones, de respeto. También metemos la pata, duele y se paga. Por esto, porque existe el pudor de quien nunca se ha sentido protagonista, no es cómodo ponerse a hablar de una vida de trabajo metidos en una redacción, compartiendo asuntos que se trasladan al papel con la mayor dignidad posible.
Lo que le sucede al enviado especial en un viaje no se cuenta, y este todavía sigue
Porque así consideramos a los lectores, tipos dignos con los que no podemos romper el eslabón de la confianza, otra cosa es estar siempre de acuerdo. Con Félix Monreal estás obligado a ejercer el periodismo con pasión, de forma meticulosa y con una dedicación que solo saben lo qué es las familias que lo soportan. De la máquina de escribir a la web no cambia el oficio de contar, aunque sí ha aumentado la velocidad, y la velocidad se lleva muchas veces el rigor, y el rigor es columna vertebral para informar, narrar. Los protagonistas se escabullen porque prefieren dar su charla sin un periodista enfrente y el periodismo adelgaza, o quizás no, es lo que viene ahora. ¡Eh Félix!
Y así te pegas muchas horas agarrado al teléfono, al teclado, haciendo casi lo de siempre, todos los días diferente, evolucionando porque es necesario. Con bonitas historias entre las manos y jornadas críticas en las que todo anda disparado. Qué bien nos lo pasamos... Además, ya sabes Félix, lo que le sucede al enviado especial en los viajes no se cuenta. Y este ha sido largo. Y sigue.