Pobre gente que andará por los caminos. Mi madre lo decía cuando nevaba y estábamos en casa, a resguardo y seguramente preparando la cena o en la mesa –de noche el desamparo es mayor– y el contraste entre las necesidades cubiertas y la pobreza le resultaba evidente. Siempre he pensado que o bien cuando ella era pequeña había más gente en los caminos o bien esta condición era más tenida en cuenta, pero la verdad es que ahora hay mucha gente que va de un sitio a otro. Y en la calle. O en edificaciones ruinosas. O en condiciones precarias. Sin una casa caliente.
Mientras mi madre decía esto, el contacto con la pobreza de otras personas era habitual e inmediato. Lo fue en mi infancia. El timbre sonaba y al abrir la puerta estaba la señora de los sábados o un pobre –si era desconocido–. No había porteros automáticos que blindasen el acceso. De eso hace ya mucho tiempo.
La llegada de la democracia trajo consigo puntos de vista y palabras nuevas que, como marginados y empobrecidos, apuntaban a la colaboración necesaria de terceras personas, de muchas, de sociedades enteras, para explicar las situaciones de necesidad de las y los hasta entonces simplemente pobres y, por tanto, la exigencia de políticas de derechos sociales.
Es el momento de redimensionarlas. Hace quince días, diversos colectivos sociales denunciaban que alrededor de doscientas personas están durmiendo en la calle en Pamplona. Hace una semana, una televisión local mostraba con detalle las lamentables condiciones del convento de las agustinas de Aranzadi donde malviven unas setenta personas. La situación empeora año a año, los trámites para empadronarse son cada vez más lentos y los recursos no cubren ni de lejos la demanda. Y hace mucho frío.
Otra palabra, aporofobia, explica la distancia defensiva.