Este viernes el gobierno de Trump se reunió con las grandes petroleras del planeta en la Casa Blanca. El encuentro equivale a una cumbre del G8 porque cada una de esas empresas ostenta un poder muy superior al de muchos países. El tema era, por supuesto, el crudo venezolano, que perteneciendo a este país y constituyendo la base de su economía, ya no es cosa suya, sino de todos.
Más bien de uno, unos Estados Unidos que bajo esta presidencia demente han vuelto a saltarse con pértiga el derecho internacional, no ya las normas éticas más básicas. Ha secuestrado a un presidente y se ha apropiado de la gestión del recurso natural de Venezuela. Un escalón más en un ascenso que no es nuevo. Aunque también es cierto que las décadas en que América central y el Caribe eran el patio trasero de Estados Unidos, donde jugaba a cambiar las reglas y colocar dictadores, parecían un episodio pasado. No. La impunidad continúa. Y la Historia la sigue escribiendo en buena medida un país gobernado por un ególatra desquiciado con una ambición que desafía cualquier control jurídico. Un niño al que nadie se atreve a poner límites. No hay nada más peligroso.
Con la irrupción de Estados Unidos en Venezuela el mundo se agrieta un poco más. Trump quiere hacerse fuerte en América Latina frente a la creciente área de influencia china. Y también ante los suyos, se acercan unas elecciones. Por eso vuelve a mezclar acusaciones infundadas de narcotráfico, terrorismo e inmigración ilegal. Así también justifica una aterradora violencia policial interna.
Como la de este miércoles en Minneapolis, cuando durante una redada un agente federal de inmigración asesinó a tiros a Renee Good, una mujer de 37 años, una madre de tres hijos a la que le gustaba escribir. Trump la llamó ‘agitadora profesional’ y la acusó de querer atropellar a sus agentes. El alcalde de la ciudad ha pedido a las fuerzas policiales de inmigración “que se vayan a tomar por el culo de Minneapolis” porque “no están trayendo seguridad, sino muerte”.