La previsible visita del Papa durante este año no es baladí. Las indemnizaciones de la Iglesia por los abusos sexuales, tampoco. La escena de sofá entre Sánchez y Junqueras, un poco menos. Incluso llama la atención que la Audiencia Nacional abra la puerta para dilucidar si el expresidente Zapatero se extralimitó en sus gestiones pactistas con la dictadura de Maduro. Auténticos golpes de efecto, de muy diferente intensidad, que no pasan desapercibidos por el indudable mensaje que entrañan. No parecería muy lógico, por ejemplo, ubicar la presencia de León XIV en medio de una confrontación electoral de alto voltaje. Otra cosa es que el viaje quede solventado antes del otoño.

Jamás imaginó la Conferencia Episcopal que acabaría tragándose el sapo de los abusos sexuales cometidos por curas y obispos. El cuarto acuerdo alcanzado con el Gobierno Sánchez después de intrincadas negociaciones y posiciones tan antagónicas en este proceso tan hiriente supone un hito de hondo calado. Bolaños y la confiable figura de Ángel Gabilondo como Defensor del Pueblo han conseguido que la Iglesia acepta sus pecados y la reparación social y económica con un armisticio que parecía una entelequia cuando empezaron a difundirse las primeras denuncias de las víctimas. Una boca de oxígeno para mayor gloria de la coalición de izquierdas.

Este clima de entendimiento ante una cuestión tan lacerante ha engrasado sobremanera, por su trascendencia, el camino para que el actual Pontífice, que no el Papa Francisco, pise suelo español. Será entonces una fotografía que para sí quisiera Feijóo como presidente y que, como primera derivada, retrasará aún más ese pretendido adelanto electoral que no acaba de llegar. El equilibrista Sánchez volverá a sonreír atendiendo una visita de semejante simbolismo y proyección internacional.

Realmente, siempre tiene a mano Sánchez un conejo en la chistera cuando más cercado se encuentra. Se lo acaba de proporcionar Trump con su inaceptable invasión de Venezuela. Tan antidemocrática intervención, plagada de confusión institucional y de ambición economicista, con el único mérito de haber arrancado del poder a un matrimonio déspota, propicia al mandatario socialista un banderín de rebelde con causa que enarbola gustosamente y con avidez. Más aún, de rebote, el presidente español contempla complacido cómo el PP vuelve a cojear fatídicamente cuando se trata de enjuiciar sin paños calientes el alcance del atormentado atropello de EEUU. No aprendieron en Génova del patinazo de Israel en Gaza. El próximo jueves dispondrán en el Congreso de una ocasión idónea para despejar las dudas durante la comparecencia del ministro Albares. Sería funesto y hasta imperdonable que la desperdiciaran desviándose con su discurso del imperioso debate sobre la gravedad y la incertidumbre que transmite esta vulneración del derecho internacional. Tampoco sería de extrañar que la controvertida figura de Zapatero se colara en algunos turnos de palabra para agitar el ambiente y así mantener los decibelios del hastío al que acostumbra el gallinero parlamentario.

Pelea catalana

Junts, por su parte, jamás permitirá que prospere la financiación que Sánchez hilvanó con ERC. Por eso el encuentro con Junqueras en La Moncloa se lo llevará el viento, porque el contenido carece de consistencia más allá de juramentarse unidad frente a los malos que asoman. Incluso, tampoco supone una tragedia a corto plazo para ambas partes. Con los 4.700 millones de euros concedidos de saque al líder republicano, Illa ya tiene garantizados sus Presupuestos y así el PSOE evita un desaire demasiado incómodo, precisamente ahora que se avecinan desastres electorales ininterrumpidos hasta junio.

En el otro lado, siempre podrán enfrentar las conquistas de su pragmatismo al rechazo demagógico de sus enemigos cada vez más enfervorizados en Catalunya. Premio estéril. Puigdemont juega con la baza ideológica de que solo aceptarán una financiación equiparable en su concepto al Concierto Económico vasco o al Régimen Foral navarro. Sabe que supone una quimera, pero también una exigencia comprensible entre los suyos y así dejar en evidencia la “mansedumbre” de ERC.

Más de lo mismo, por tanto, en una coyuntura política que empezará a ocuparse en breve de la campaña electoral en Aragón si se lo permite la zozobra de una geoestrategia tan militarizada. El agobio por la expansión trumpista empieza a escalar tan peligrosamente que las andanzas judiciales del histriónico ‘clan Koldo’ asemejan golpes de efecto ya superados.