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Música

Teobaldos

El viento arrecia

El viento arreciaIñaki Porto

La Pamplonesa, envidiablemente poblada por gente muy joven, (además de por el siempre reluciente cobre), presagiaba un concierto especialmente brillante. Y así fue. Porque los alumnos del Conservatorio Profesional demostraron gran nivel, al encajar, con disciplina y sin desentono, con los titulares profesionales. Estas oportunidades pedagógicas, que tanto gustan al titular Egea, son, además, un éxito de público. Detrás de esta propuesta, que se tuvo que interrumpir por la pandemia, hay, claro está, mucho trabajo. En los atriles obras muy apropiadas para una banda sinfónica, con abundantes intervenciones solistas que demuestran la calidad de sus componentes (el corno inglés, por ejemplo, muy activo).

La primera parte está protagonizada por las Danzas Armenias de Alfred Reed, o sea por el empuje dancístico, la melancolía, y el virtuosismo de la música Klezmer. Una música vitalista ante la dificultad, nacida en una Centro-Europa, hoy llena de fronteras, capaz traspasarlas todas, hasta llegar a Norteamérica. Los dos cuadernos de Danzas Armenias de Reed están llenos de colorido, de matices, de estados de ánimo de una música tan local y, a la vez, tan extendida. Egea combina muy bien los estados de melancolía y los de fiesta, los más heroicos y los más solemnes y religiosos. Por eso se nos hacen tan entretenidas y variadas estas partituras.

La Pamplonesa

Colaboración con el Conservatorio Profesional de Música Pablo Sarasate.

Director: J, Vicent Egea.

Programa: Danzas Armenias I y II, de Alfred Reed. “La Quinessenza” de Johan de Meij. Spartacus de Jan Van Der Root.

Teatro Gayarre. 8 de febrero de 2026. Lleno (4 euros).

En general, se vuelve a constatar la excelente acústica del Gayarre para la banda: nunca aturde, se distinguen muy bien los planos sonoros (esto, también por las elecciones apropiadas del tempo), y hay siempre una buena base de sonido grave que cimenta las melodías. El comienzo es brillante, apaciguado, luego, por la parte más grave de saxos, fagotes… y una trompeta a media voz muy bien tratada (el compositor fue trompetista). Le sigue una parte más rítmica que marcan los saxos, y luego un tramo solemne, para terminar en ese revoleo de gran virtuosismo, sobre todo en clarinetes.

Fue fundamental la dosificación hacia el fuerte del director para el final espléndido. El segundo cuaderno se movió en los mismos términos, –más variado y espectacular–. El corno siempre melancólico y misterioso, (impecable en todas sus intervenciones); tramos más tranquilos y pastoriles, con regulación al fuerte, pero sin exagerar; otros, casi apocalípticos pero que devienen en cierto humor; y todo un muestrario de buen hacer solista: oboe, flautas, trompas, percusión…

La segunda parte de la matiné la abre “Quintessenza” de J. de Meij, anunciada con una fanfarria poderosa que se funde en el incisivo flautín. Todo este brillo queda compensado y compactado muy bien por los trombones, la tuba, el bombardino y el saxo… y su apertura sucesiva se hace con calma. El carácter un tanto fílmico, como de horizontes lejanos, y un tramo muy procesional, que siempre enaltece el sonido de una banda, cierran la obra. Como final del concierto: Spartacus. Creía que iba a ser una especie de suite del de Khachaturian; pero se trató del de Jan van der Roost, que, en esta ocasión, me resultó más interesante. Tampoco es que se aparte mucho de la narración del clásico: a excepción de cierto impresionismo, Roost mantiene sus matices orientalistas, su guerrera percusión (baquetas sin pelusa, sonidos de pezuña), su meditación sobre la muerte, y, sobre todo su romanticismo amoroso. El final es deslumbrante, como de película.