Hace unos días murió James Van der Beek, un actor desconocido para mi pero bastante popular por su papel, hace ya 25 años, en la serie Dawson crece. A sus 48 años, y con 6 hijos, Van der Beek falleció a causa de un cáncer diagnosticado en 2023. El caso es que, ya desde hace unos meses, el actor, que se quejaba de que en su día los protagonistas de la serie recibían muy poco dinero de la misma, puso en subasta varios recuerdos personales relacionados con sus éxitos televisivos para así hacer frente a los gastos derivados de su enfermedad. Acojona, ¿verdad?

Gastos derivados de su enfermedad. Un cáncer. En Estados Unidos. El país, supuestamente, más desarrollado del planeta. Tras su muerte, su esposa manifestó públicamente su devastación –lógico, es una sensación fácilmente entendible cuando se tiene alrededor de esa edad y te toca ver a seis jóvenes criaturas que crecerán sin su padre– y al mismo tiempo abrió una campaña de recaudación de dinero en una web de estas que se dedican a ello. En pocos días la cifra ya superaba los dos millones de dólares, con donantes famosos como Spielberg y su esposa y miles de donantes anónimos. Está bien. Me alegro por esa familia, claro, pero no puedo dejar de pensar en la de millones de personas que pasarán por procesos parecidos sin una cobertura sanitaria universal y pública en un país podrido de dinero para armas y mierdas así y cómo seguro que no son capaces de levantar cabeza por los gastos en los que tuvieron que meterse y en las deudas que muchas de esas personas habrán generado.

Por supuesto, aquí tenemos un sistema sanitario que arrastra decenas de problemas y que debería ser mejorado, pero no valorarlo en su justa medida o hacer el caldo gordo a quienes lentamente quieren convertirlo en un sistema dual inasumible para la gran mayoría de nosotros es lo que nos debería ocupar y preocupar. Es una joya y hay que cuidarla.