En política se negocian presupuestos, consejerías y leyes. Lo que no debería negociarse es el significado de las palabras. María Guardiola (PP Extremadura) ha pasado de marcar distancia con Vox por la violencia machista a afirmar que comparte su feminismo. No es una anécdota ni un desliz: es un desplazamiento consciente hacia el marco del socio.

Ese marco no es neutro. Implica sustituir políticas específicas de igualdad por políticas generales de familia y natalidad, cuestionar la educación afectivo-sexual en las aulas bajo la etiqueta de “ideología de género”, avalar el veto parental y reducir la igualdad a derechos individuales, sin reconocer desigualdades estructurales. Se lleve a la práctica o no, el ideario electoral de Vox es claro.

En una comunidad como Extremadura –empleo precario, cuidados en el ámbito familiar, dispersión rural y fuga de mujeres jóvenes formadas– sostener que todo se explica por decisiones individuales es una simplificación cómoda. Dirigentes del PP –hombres– han tenido que templar el discurso y devolverlo al terreno institucional. Resulta especialmente grave que un cargo femenino asuma sin matices un discurso que reduce el feminismo a una caricatura ideológica. Un concepto transversal con un acuerdo básico sobre la existencia de desigualdades reales que ahora se intenta asociarlo exclusivamente a la izquierda para desacreditarlo. Y al hacerlo no se desprestigia a un adversario político, sino el propio significado de feminismo. Y se pierde el consenso democrático que había convertido la igualdad en un punto de partida común.