Ha sacado Alberto Núñez-Feijóo la vena marxista -la de Groucho en concreto, ya saben: “estos son mis principios y, si no les gustan, tengo otros”- y ha presentado un decálogo para negociar con Vox. A Santiago Abascal le parece que las condiciones que le demanda para cogobernar en Extremadura, Aragón y donde se tercie suponen tratarles “como salvajes a los que hay que domar”.
Feijóo pide estabilidad a sus gobiernos con Vox y, a cambio, ofrece un muestrario de espacios de confort para la extrema derecha. A saber. Impuestos al mínimo en el tramo autonómico; esto es, menos recaudación fiscal. Recorte de subsidios; claro, con menos recaudación... Refuerzo de la sanidad pública; ¿con menos ingresos públicos? Eliminar el “adoctrinamiento” en las aulas; uséase, fuera de la escuela los valores éticos que transmiten educación afectivo‑sexual, protección ambiental, igualdad de género y LGTBI, memoria democrática crítica con el franquismo, multiculturalismo y contenidos de Historia críticos con la colonización. Ah, y mano dura con la inmigración, claro.
La gota que colma
El feminismo que nos acogota
Encuesta entre los jóvenes. Demoledora encuesta a los jóvenes españoles. La mitad larga (51,5%) de los varones han comprado el relato que les dice que, pobrecitos, están acogotados por el feminismo, que los sometidos son ellos y que esa doctrina “solo se utiliza como herramienta política de manipulación y adoctrinamiento”. Justo lo que ha hecho con ellos el relato contrario. A tentarse la ropa todo el mundo; empezando por nosotros, machirulos indolentes, y siguiendo por quienes presentan la igualdad aderezada de tanta ideología y tan poca empatía que están alejando a una nueva generación.
A Abascal esto debería regalarle los oídos porque el presidente del PP le está proponiendo irse a vivir a su cueva, vestir sus pieles y organizar al clan según las reglas ancestrales de la caverna. Si siente que le tratan como a un salvaje, sería el buen salvaje de Rousseau, emblema del individualismo crítico con la sociedad, que le pervierte. En eso, Abascal se reconocería más salvaje de lo que él mismo cree. Pero le puede el sentido despectivo y la soberbia con la que interpreta el término como inferioridad.
Así que, bajo esta esgrima de salón en la que se entretienen las derechas españolas, se restauran los emblemas de raza, cultura, poder y supremacismo que sitúan a sus líderes por encima de la democracia y de Dios. Abascal se siente por encima de sus representantes en la Tierra y reprocha que la Conferencia Episcopal le desmonte el relato anti-inmigrantes.