El otro día se hizo la magia. Ocurrió que una señora que dijo ser de la Seguridad Social –como si perteneciera a una banda– llamó a un amigo para avisarle de que la fecha de emisión de una factura y la de alta en el Régimen de Autónomos no cuadraban. La primera entraba en el intervalo de fechas de la segunda, pero tenía que coincidir con el día de alta. Exactitud. Le acompañó paso a paso en la corrección on line del error. La web se cargó bien, no se bloqueó durante el proceso, y en cada pequeña acción que seguía a la anterior lo que ella avanzaba –se te abrirá una caja de texto, clica la tercera opción–, ocurría.

Como las profecías autocumplidas. Esta señora se lo explicó todo de una manera deliciosamente sencilla, sin necesitar reforzarse como genuina técnica de la Seguridad Social. Ya sabe que lo es. No le hace falta recurrir a la tortura del trámite kafkiano ni del laberinto terminológico para apuntalar su autoestima. Lleva muchos años en el ejercicio de su superpoder, hacer humano lo que sólo está reservado a los dioses, administradoras, abogados quizá: la comprensión de los trámites de Hacienda y los de Autónomos. Esa nanotecnología de la burocracia.

Estuvimos comentando este suceso bastante maravillados. Pero a los dos días, tuvo lugar un segundo episodio que dinamitó mi percepción de las cosas y catapultó al Olimpo a esta señora. Volvió a llamar a mi amigo para confirmarle que había hecho correctamente el trámite on line. Solo para eso. Lo llamó para tranquilizarlo. Dos veces, la primera le pilló con el móvil silenciado. Esto no pasa mucho. Esta señora es el lince ibérico, el visón europeo y el rinoceronte de Java. Cuando se extinga su estirpe, esa carga genética se va a perder. Hay que lanzar en change.org una recogida de firmas para que le extraigan ADN, clonarlo e implantárselo a cada persona que acceda al puesto de técnica de la Seguridad Social y al cuerpo de funcionarios de Hacienda. Hay que poner su nombre a un país.