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Isla Busura

Maite Esparza

Acosos

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Marica. Mongola. Gorda. Moro. Camionera. Subnormal. Los insultos y el modo de excluir cambian; el veneno que contienen y la herida que provocan, no. Hay quienes maltrataron a un compañero de clase cuando eran niños y hoy son adultos concienciados. Hay quienes fueron víctimas de acoso y hostigamiento escolar y hoy parecen personas tan equilibradas o desequilibradas como cualquier otra. Pero lo que no se discute ya es aquello de lo que existen pruebas. Que algunos actos generan traumas que anidan ya para siempre en quienes los sufrieron, que hay niños y adolescentes que se suicidan.

Hace ocho días murió en Cintruénigo Sara Jiménez, una chica de 17 años. Su familia atribuye este horror con nombre a otro, un acoso escolar continuado. En la despedida a Sara su tía leyó una carta. Aclaró que su sobrina no había fallecido por una enfermedad o por un accidente sino por el hostigamiento que venía padeciendo desde hacía tiempo. También incidió en algo que me parece esencial, cada persona gestiona el sufrimiento emocional de un modo diferente. El desgaste de la persecución insidiosa, el vacío, las burlas o las miradas despreciativas que para algunas es soportable, a otras las hunde. Minimizar el impacto de los comportamientos acosadores delante o detrás de una pantalla es muy peligroso, a veces, letal. En su carta, esta mujer también pidió más medios.

El Departamento de Educación del Gobierno de Navarra acaba de elaborar el proyecto del nuevo Decreto Foral de Convivencia. Por primera vez introduce la salud mental, el malestar socioemocional y lo que provoca en la convivencia escolar. Define las violencias contra mujeres, por xenofobia, por discapacidad, por LGTBI+ fobia. Cuando entre en vigor los alumnos y las alumnas que ejerzan acoso o ciberacoso en un centro escolar serán expulsados. Quedará por ver cómo se aplica.

En Cintruénigo, donde vivía Sara, este lunes saldrán a la calle en silencio con un lema, El acoso escolar mata.