Nunca deberíamos escribir estas palabras. Nunca deberíamos despedir a una joven de 17 años por culpa del acoso.
Sara era voluntaria de Anfas desde hacía un par de cursos. Acompañaba a personas con discapacidad en Tudela con una sensibilidad y una madurez poco comunes en alguien de su edad. Tenía una capacidad especial para conectar, para escuchar, para hacer sentir bien a quien tenía delante.
Al recibir la noticia de su fallecimiento, sentimos un golpe que nos atraviesa como organización y como personas. Su muerte nos llena de tristeza, de impotencia y de una profunda reflexión. Porque muchos de los y las participantes de Anfas saben muy bien qué es el acoso. Muchos han sido señalados, aislados, ridiculizados o insultados simplemente por ser diferentes. Por caminar más despacio, por hablar de otra manera, por necesitar apoyos, por tener una mirada propia sobre el mundo. Y quizá por eso Sara los entendía tanto. Quizá por eso su voluntariado era tan auténtico: porque veía a las personas donde otros solo ven etiquetas. Porque sabía que cada uno lleva su mochila, una mochila invisible y personal que pesa de formas que a veces los demás ni imaginan.
El acoso no es una broma. No es una fase. No es cosa de críos. El acoso es una violencia real, dolorosa, que desintegra poco a poco la autoestima y la vida interior de quien lo sufre. Una violencia que ocurre en los centros escolares, en los pasillos, en los patios… y también detrás de una pantalla, donde los insultos se multiplican y la cobardía se esconde en el anonimato.
Como Anfas, vemos cada día cómo la falta de respeto hacia la diversidad genera sufrimiento. Y sí, la inclusión es necesaria, pero hoy queremos hablar de algo anterior y aún más básico: el respeto, la consideración, la humanidad. Somos personas. Todas.
¿Cómo puede ser que aún tengamos que recordarlo? ¿Qué nos está pasando como sociedad para que una chica como Sara, llena de vida, compromiso y empatía, llegue a pensar que no hay sitio para ella?
Necesitamos una respuesta colectiva y urgente. De las familias, de los centros educativos, de las instituciones, de quienes gestionan la salud mental y de todos y cada uno de nosotros y nosotras como comunidad. Porque el acoso no solo hiere a quien lo sufre: nos daña como sociedad, muestra lo peor de lo que podemos llegar a ser si no actuamos.
Hemos despedido a Sara con un dolor inmenso, pero también con un compromiso firme: que su nombre no quede en silencio. Que su ausencia nos obligue a mirar el acoso de frente. Que su historia despierte conciencia y cambie actitudes. Que ninguna persona más -ninguna- sienta que no merece un lugar en el mundo por ser diferente.
A su familia, todo nuestro cariño y nuestro respeto. A nuestros escolares, nuestro abrazo y nuestra determinación de seguir luchando por ellos y ellas. A la sociedad, un mensaje claro: tenemos que hacerlo mejor. Por Sara. Por todas las personas que sufren. Por la humanidad que no podemos perder.