Les confieso que el otro día, en la Strade Bianche, cuando atacó Pogacar y pasó del medio minuto de ventaja apagué la tele y dejé de ver la carrera. Faltaban más de 70 kilómetros de prueba, casi dos horas, y no estaba dispuesto a invertirlas en ver cómo iba tragando kilómetros en solitario hacia la meta, sin ninguna clase de disputa real por el triunfo. Esta semana me ha pasado también con un triunfo de Vingegaard, con el segundo en París-Niza, en el que metió más de dos minutos al segundo. No me pasó con las etapas de la Tirreno, con ese sprint majestuoso entre Del Toro, Pellizari y Van der Poel que ganó este último. O con el que ganó el propio Van der Poel a un grupo de unos 30.

El ciclismo, como cualquier otro deporte, cuando se convierte en un monólogo de horas y horas pasa a ser simplemente un asunto de admiración e historia, que es mucho, pero no de emoción. Tadej Pogacar ya es el mejor corredor desde Hinault y está a pocos pasos de superarle e irse hasta Merckx, pero eso no implica que verle en acción en según qué días sea emocionante para el espectador. Lo será el próximo sábado, donde se medirá a casi todos los mejores en la Milán-San Remo, donde las cotas a superar no tienen la dureza que igual él necesita. En el Poggio o en la Cipressa ya lo ha intentado otras veces y casi lo ha logrado, pero Van Der Poel y cía fueron capaces de aguantarle, aunque quizá algún día no resistan el extraordinario poder del esloveno. Y lo será otros días, cuando intenté retos imposibles para nadie más que para él o cuando, quizá, reviente el Tour y se vaya a por su quinta victoria. Pero no lo será cuando, siguiendo su muy respetable táctica, se vaya hacia meta mucho antes de acabar con los rivales a dos o tres escalones. En cualquiera de los casos, es una bendición tenerle, pero eso no convierte en más emocionante cualquier carrera en la que compite. Son cosas distintas.