La ciudad se desparrama sin remedio y sepulta las geografías del pasado, que siguen vivas en viejas fotos, en documentos, en recuerdos. En casa, al pedazo de tierra donde hoy se alzan algunas de las casas más caras de Pamplona, entre Juan Pablo II y la avenida de Cataluña, en Lezkairu, lo conocíamos como el campo de los gatos. Apenas un descampado, entre el Tenis y una pieza de cereal. Un caminito que descendía hacia el Soto, una fuente que derramaba el agua sobrante de la meseta de Pamplona y que afloraba en un regacho unos metros más abajo, ya camino de Mutilva.

Una huerta minúscula entre matorrales y sobre todo el lugar donde comenzaba el verano, cada noche de San Juan, cuando, ya de vacaciones escolares, los niños del barrio acumulábamos madera para encender la hoguera a eso de las diez, no antes. Así fue durante un tiempo hasta que un año, simplemente, dejó de sonar el portero automático para vernos y jugar a cualquier cosa. Nos habíamos hecho mayores.

Aquella periferia tardó en transformarse en barrio cool casi 30 años, paralizada por la crisis y las insuficiencias de un urbanismo que repite década tras década los mismos patrones: quien posee los mejores terrenos los retiene si así maximiza beneficios. Dentro de un tiempo –quién sabe cuándo, que la Administración tiene sus ritmos – desaparecerán bajo el hormigón otras geografías, primero Donapea y después Etxabakoitz. Entre ambos se ubicó, ya borrado por los siglos y a orillas del río Elorz, el poblado medieval de Acella, como relata Txuma Arregui, que está recopilando una pequeña parte de aquella historia, hoy apenas campos de cultivo.

Mantenerla viva sirve. A la velocidad a la que todo avanza, quizá muy pronto, armados solo con unas gafas, podamos regresar a aquellos descampados, donde, como en la novela de Pecoraro, lo único que importaba era el verano. Aunque solo sea para responder a la legítima punzada de la nostalgia y regresar cuanto antes el presente, lo único que de verdad tenemos.