Lo acaba de decir un conocido empresario, dueño de la principal cadena de supermercados del país, para explicar por qué solo ofrece su marca propia. “El cliente no sabe elegir, nosotros queremos que acierte”. Hace un tiempo, un año ya, aseguró que “las casas que se construyan en 2050 no tendrán cocina”.

Quizá son solo declaraciones pensadas precisamente para ello, para dar que hablar y acelerar cambios. Para dar forma a un futuro de lineales uniformes, repletos de comida procesada, la pesadilla de cualquier dietista y un rompecabezas para los clientes que, móvil en mano y echando mano de aplicaciones específicas –la tecnología puede ser maravillosa–, tratan de encontrar productos nutricionalmente decentes.

Bien pensado, quizá la cocina, ese espacio que antes ocupaba el centro del hogar, se ha convertido hoy en el enemigo de cualquier modelo que aspire a que todo esté calculado desde la estantería hasta el microondas.

Eliminar la cocina sería por tanto un sueño: menos mercados, menos fruterías, menos bares de menú y más pasillos perfectamente iluminados donde la cena ya viene decidida y envasada. El consumidor dejaría de cocinar para dedicarse a lo verdaderamente importante: comprar. A ellos, por supuesto.