Hubo un tiempo en que la España “cid campeadora” soñada por Abascal iba sobrada por el mundo, hasta el punto que Hernán Cortés llegó a ser el Trump de aquellos tiempos. Y es que, aquella España de 1519, que aún era Castilla y Aragón, ya apuntaba maneras. Cortés, un capitán a las órdenes del marco imperial castellano impulsado por los Reyes Católicos, inició la campaña de México que culminó con su conquista a costa de la vida 10 millones de indígenas.

El otro día, el rey −impuesto por la constitución, pero nunca elegido− quiso ir de majo en plan resignificador de una monarquía necesitada de agencia, y dijo, a propósito de esa conquista: “hubo mucho abuso durante la colonización española de América”. Una declaración laxa que buscaba resonancia de colonizadora, pero insuficiente para la presidenta mexicana. Porque lo que está en juego es el perdón histórico reclamado por tanta sangre derramada en nombre de la cruz y la espada. Pero esta monarquía tiene un hipocampo colonial muy hispanocéntrico. Todavía.

No obstante, esas escasas palabras, dichas con el freno de mano echado, me hicieron pensar en otros olvidos y perdones. Hubiera sido de agradecer que ese mismo rey pidiera perdón a los y las republicanas españolas que tuvieron que exiliarse en México como consecuencia de esa otra cruzada en nombre, también, de la cruz y la espada. Alrededor de 25.000 republicanos españoles tuvieron que exiliarse en México entre 1936 y la década de 1940. Allí fueron acogidos con los brazos abiertos por el gobierno de Lázaro Cárdenas. Entre ellos, según Josu Chueca, hubo una cincuentena de navarros y navarras, como María Luisa Elío o Julia Álvarez Resano, figuras destacadas de nuestra memoria. A ellos y ellas nunca esta monarquía −impuesta por quien les condenó al exilio− ha pedido perdón. Quizá porque este rey tiene lapsus de memoria, especialmente entre los años 1936 y 1939.