Organizar, distribuir, suprimir, priorizar, jerarquizar, posponer, promover, valorar, prever, programar, reconocer, canalizar, llenar, vaciar, ahorrar, invertir, desechar, integrar, alargar, acortar... Desde que hemos empezado a gestionar, estas palabras y muchas más que señalan acciones concretas corren riesgo de desaparecer y llevarse con ellas la precisión que introducen. La gestión es glotona y se está merendando los matices y no tan matices que aportan estos verbos. L decía el otro día que le horroriza la palabra y yo, que estoy encantada de encontrarme con gente que comparte mis sarpullidos, se lo comento a I. I está de acuerdo y observa que cuando en su trabajo escucha la bonita expresión gestionar las emociones, la mayoría de veces no significa que se esté haciendo con ellas lo preciso, sano o conveniente. Por ejemplo, donde había que darles espacio y sostenerlas igual se están aparcando. Gestión sí, pero mala, imprecisa o equivocada. Ya somos tres.
L puso sobre la mesa un verbo y yo un adjetivo. Potente. No puedo con él, tengo que hacer grandes esfuerzos y dejar la mente en blanco cada vez que lo escucho para no preguntar a voz en grito que potente para qué. Me pone en alerta. Potente significa que tiene poder y el poder es para algo: para iluminar, para quitar manchas, para alcanzar velocidad o para hacer decretos, por lo que si el adjetivo se aplica a una lámpara, un quitamanchas, un coche o un gobierno no me altero, pero cuando alguien lo utiliza para referirse a experiencias de las que ha sido testigo o en las que ha participado pienso en un cierto vampirismo consumista. Ese potente expresa un poder que no mueve nada, que no sirve para nada salvo para proporcionar historial, un halo. Algo así como fíjate cómo vivo. No sé si me explico.