Hay tantos acontecimientos que los acontecimientos han dejado de ser acontecimientos. O esa sensación tengo yo. La de que, sí, quedan días señalados, pero que, en general, no se viven con la misma intensidad que antes. Me refiero al fútbol. Este fin de semana tiene lugar la jornada retro, en la que los equipos de Primera lucen homenajes a plantillas pasadas. Y eso te retrotrae a hace muchos años, cuando, tengo para mí, ver un partido de fútbol, en directo o por televisión, era, ese sí, un acontecimiento.
Porque antes ibas al campo de tu equipo cada dos semanas, como ahora, sí, pero entre medio a lo sumo podías ver el resumen dominical de las jugadas del día que habías jugado en casa, del día posterior fuera y para de contar. No había partidos en directo de todos los equipos, había uno semanal y a lo sumo de tu club veías uno o dos al año, a no ser que jugara en Europa y te tocara alguno más. Por eso, cuando llegabas al estadio, todo olía, a parte de a Reflex, puro y hierba recién cortada o mojada, a nuevo, a sensación de día especial.
No es solo cuestión de que eras un niño y por tanto todo te parecía una experiencia enorme en sí misma, no era solo eso. Era el hecho de que no te exponías entre semana a la cantidad de información, imágenes y conocimientos a los que te expones desde hace ya años. Sabías menos cosas, habías visto menos cosas, habías sentido menos cosas. Y, por tanto, tenías el depósito de las emociones a tope, dispuesto a disfrutar de una jornada trepidante.
O, los días que jugabais fuera, a seguirlo con el corazón en un puño por la radio, apagando y encendiendo en el caso de los más miedosos y, ya en casos extremos, yendo al 202 del teletexto de RTVE para conocer el resultado de sopetón. Ah, el teletexto. Ha matao más gente que el cólera. Ahora se te cuelan los goles por las ventanas. Y está bien pero está mal. Creo que me explico.