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A pie de obra

Paco Roda

Barbaridad o necedad

Barbaridad o necedad

Fue en clases de religión cuando Netanyahu se aficionó al asesinato. Por entonces, ya renegaba del quinto mandamiento. Lo suyo, decía, era matar. A ser posible, árabes. Y así creció, amasando un odio infinito hacia sus vecinos. Ya lo dijo el otro día Amit Halevi, miembro del partido de Netanyahu: “Los bebés palestinos recién nacidos son terroristas y hay que actuar en consecuencia”.

Ya ven, aquí tienen a un terrorista sin que esa convicción le pase factura. Y es que nada ni nadie parece dispuesto a frenar esa sangría de padres, madres, hijos, tías o nietas de Gaza, Irán y Líbano. Todo en medio de la inhibición y desregulación más absolutas. Pareciera que todo en lo que pudieras confiar ha desaparecido, pues cada día los funerales coagulan toda esperanza. Entonces llega un día en que empiezas a arder por dentro. Imagino que a mucha gente le pasa.

Que sientes que te estás convirtiendo en un terrorista argumental. Que tú también deseas matar. Deseas su muerte. La de Netanyahu y la de Trump. Si ellos expresan con total libertad la necesidad de matar enemigos, lo argumentan y lo ejecutan con total impunidad, tú también puedes, amparándote en el estado de necesidad como eximente de la responsabilidad penal.

Entonces te maldices y avergüenzas por llegar a este punto. Por dejarte atrapar por las trampas relativistas. Y sospechas que lo haces tras comprobar que no hay nadie que frene a este par de psicópatas sin disimulo. Pues hace tiempo que te preguntas: ¿Para qué sirven los cascos azules, la ONU, la Corte Penal Internacional, el Consejo de Europa y otras organizaciones internacionales? Y quizá sea verdad, como dice Emmanuel Rodríguez, que la política ya no sirve para la gestión del progreso, sino de las catástrofes. Entonces escribes esta barbaridad –o necedad– y te preguntas por qué. Quizá has perdido la inocencia que en tiempo respirábamos al unísono y cuyo sabor ya has olvidado. Quizá.