En 2026 se cumplen 20 años desde el inicio de las obras de la Y vasca, el proyecto de alta velocidad ferroviaria llamado a transformar la movilidad y reforzar la posición de Euskadi en el eje europeo. Dos décadas después, el balance es frustrante. El proyecto del tren de alta velocidad tanto en la Comunidad Autónoma Vasca como en Navarra, así como su mutuo enlace, sigue lejos de completarse y, lo que resulta más preocupante, carece aún de un horizonte claro para su finalización y puesta en marcha.

El estado actual de las obras evidencia esa realidad. Persisten tramos sin concluir entre Álava y Gipuzkoa, así como en Bizkaia y en Navarra, mientras el denominado nudo de Bergara, pieza clave para articular las tres ramas del trazado, continúa sin resolverse definitivamente. A ello se suma la incertidumbre sobre la conexión internacional hacia Francia o el lento avance del enlace hacia Madrid por Burgos. La indefinición en torno a decisiones clave ha terminado por instalar una incertidumbre estructural que condiciona tanto los plazos como la credibilidad del proyecto.

El ejemplo más evidente es la falta de resolución sobre el punto de conexión entre la Y vasca y el corredor navarro. La disyuntiva entre Ezkio-Itsaso y Vitoria no es una cuestión menor ni meramente técnica. De ella dependen los costes finales, los tiempos de ejecución y, sobre todo, la configuración futura del sistema ferroviario de alta velocidad en el conjunto del territorio.

Esta misma semana, el Ministerio de Transportes, a través de su secretario de Estado, José Antonio Santano, ha vuelto a posponer cualquier definición, escudándose en la necesidad de completar estudios geotécnicos. Un argumento que, si bien puede tener fundamento técnico, no logra disipar la sensación de dilación permanente. De hecho, el compromiso de adoptar una decisión en 2025 ya ha sido superado, trasladando ahora el horizonte a algún momento indeterminado de este 2026.

Tampoco contribuyen a despejar las dudas las previsiones temporales ofrecidas recientemente por el ministro Óscar Puente, quien situaba en “tres o cuatro” años la finalización de las obras. La puesta en servicio, con todo lo que implica en términos de pruebas, homologaciones y operatividad, seguiría siendo una incógnita. El resultado de esta acumulación de retrasos, decisiones pendientes y calendarios imprecisos es un proyecto que ha ido perdiendo capacidad de generar confianza.