Para quienes vimos siendo niños aquella carrera espacial que a finales de los sesenta llevó a las misiones Apolo a la Luna, lo vivido estos días pasados con la misiónArtemis II supone en parte recuperar algo de aquella vorágine de ver la Luna en el cielo y saber que por allí hay unos humanos dando una vuelta en un cohete poderoso y caro y la magia de saber que la humanidad puede hacer esas cosas de viajar a cientos de miles de kilómetros para visitar otro mundo.
Y hay cosas que también siguen igual, aunque nuestra civilización haya cambiado tanto en medio siglo: lo que un día fue carrera espacial y demostración del poderío tecnológico y militar de la Guerra Fría hoy es propaganda de un tecnocapitalismo cada vez más autócrata, es decir, más de lo mismo pero al gusto de nuestra época. Y guerra económica ahora con el imperio chino. Todo nos recuerda las mismas claves: poderío, capacidad de hacer lo que queramos. Lo que una vez escondía una guerra en Vietnam ahora oculta un genocidio en Oriente Medio y una guerra en Irán.
Artemis II: una nueva era de la conquista del espacio
Pero hay diferencias: ahora los astronautas ya no son elegidos para la gloria, derrochando virilidad y disciplina militar como se vendió entonces: ahora hay una mujer que hace risas con eso de haber sido la primer fontanera espacial además de piloto; hay un canadiense incluso y una persona afrodescendiente. Expuestos además a las redes, para mayor gloria del presidente más anticientífico de la historia, que reduce presupuestos de investigación incluso a la NASA, niega el cambio climático, promueve a cargos a gente antivacunas y que desprecia la medicina científica o elimina derechos a las personas migrantes o las trans mientras sus amigos con todo ello. Ir a la Luna no impide un involucionismo indecente, es lo que hay.