NO es fácil salir de la sala de autopsias judiciales. Ayer, más novedades en el caso Plus Ultra que no aportan indicio nuevo pero van a dar que hablar a gusto: el juez Calama ha elegido al PP para liderar la acción de las acusaciones populares. Conspiraciones aparte, no lo tenía fácil. El juez tiene que contener el guirigay que forma en un procedimiento la figura de la acusación popular, que está muy bien como filosofía del derecho, pero es un coladero de agentes que lo usan en beneficio propio.
Las ocho acusaciones populares que se han lanzado al cuello de Zapatero son: PP, Vox, Hazte Oír, Manos Limpias, Ciudadanos -sí, aún pululan por ahí-, Liberum -la asociación que se opone a las zonas de bajas emisiones y, durante la pandemia covid, a las restricciones sociosanitarias-, Iustitia Europa -un partido creado por abogados de Liberum, que tanto monta-, y el abogado de nombre Borja Fernández que se persona en casos mediáticos porque es un marketing barato. A Calama no se le puede tener en cuenta que, de estos, elija al PP.
En paralelo, las apreturas de Pedro Sánchez no van a menos. Junts opina como el PNV: que el frente de las derechas españolas no, pero sujetar la vela del Gobierno, tampoco. Al Rubicón que cruzó la UCO esta semana entrando en Ferraz le ha seguido una riada de filtraciones, interpretaciones y elucubraciones sobre Leire Díez, Cerdán, y, sobre todo, ese nuevo ‘señor X’ extraído de un mensaje al que apodan “el One”. Muchos paladean ya el nombre del presidente del Gobierno para adjudicarle el alias.
Si apareciera en los mensajes alguna alusión a P. Sánchez estaría más tranquilo, como bien sabe M. Rajoy. También ha despertado de pronto Yolanda Díaz y le ha dado por indignarse con la sucesión de casos judiciales en torno al PSOE. Seguramente, dedicarán el fin de semana en Sumar, Podemos y todos los demás a entender por qué del desgaste del PSOE no pillan cacho electoral las izquierdas que aspiraban a sustituirlo.
El imperio que mira a Europa
El relato del anti imperialismo tiene dificultad en identificar a Rusia como amenaza. Contra el yanki se protesta mejor porque se lo ha ganado a pulso y alimentado la literatura al respecto durante décadas. Pero el Kremlin tiene en su punto de mira a las democracias europeas, con las que ha pasado de antagonizar desde su autarquía soviética a hacerlo desde una autarquía a secas. En Rusia, dos tercios de sus ciudadanos creen que Europa amenaza con invadirles otra vez -ya lo hicieron Napoleón y Hitler- y Putin les ha hecho elegir orgullo nacional y vodka o democracia. Adivina quién gana.