Pedro Sánchez está haciendo historia en el PSOE y tras casi 8 años en la Moncloa puede fulminar en capital político y simbólico a Felipe González, que ahora se rinde sin reservas a Corina Machado. González es ya un nudista que pasea en porretas con su toallita de ‘Viajes Feijóo’. En el PP lo celebran, claro. Acusado en su día de cesarismo por esa derecha que hoy le airea, González está tan de vuelta que se ha bunkerizado. A muchos afiliados socialistas, que habían disculpado su papel respecto a los GAL o a las torturas policiales, se les va a acabar indigestando un tipo que sirve de palanca al PP con soberbia estomagante.
Árboles
Dicen que el tiempo pone las cosas en su sitio. El emblemático González no para de derechizarse y no está senil. En la deriva final de Adolfo Suárez, que en 2003 mitineó con el PP apoyando a su hijo, la duda es si se prestó por amor filial, por ideología, o condicionado ya por su enfermedad. Pero González demuestra estar muy cuerdo. Si bien no ha pedido expresamente el voto para el PP –ni lo hará, hasta ahí tiene reflejos– ha acabado de zorro plateado para los herederos de la aznaridad y el fraguismo y pretende ser un dolor de muelas para buena parte de la parroquia socialista.
Con González ya no se puede decir que los árboles no dejen ver el bosque. Ahora va de patriarca canallita; nunca se divorciará formalmente del Partido Socialista, pero no parará de hacerle la vida imposible a Sánchez. González podía haber elegido el papel de progresista venerable comprometido y certero con el nuevo tiempo. Pero ha escogido la triple D: ser cada vez más derechoso, desinhibido y decantado, sentando cátedra amnésica, con las flechas apuntando principalmente a la Moncloa. González no soporta a Sánchez, tiene perra al perro, y esta inquina vitalicia resulta cansina.
Dicen que el tiempo pone las cosas en su sitio. A este paso, posiblemente, Pedro Sánchez fulminará en capital político y simbólico a Felipe González
Ropero
No es que González salga ahora del armario, es que los atraviesa. Allá él con su proceso y allá cada cual para indagar en las facetas más oscuras de su presidencia.
¿Pero entonces por qué dedicarle atención y columnas? Por dos motivos, en mi opinión. Porque las figuras históricas –gusten o no– aúpan mitos que hay que desbrozar. Y segundo, porque a la gente se la conoce cuando gana y sobre todo cuando pierde. La derecha lleva palmando desde 2018 y eso les irrita, y hablando en plata, les jode vivos. En realidad González dejó de ganar en 1996 y la última victoria de Aznar fue en 2000. Llevamos hemeroteca de sobra para una tesis doctoral sobre sus respectivos endiosamientos crónicos.
Afluentes
Entre el 20 de abril del 90 y los abriles robados de Sabina, este mes que concluye invita al tarareo. Un 19 de abril de 1991 se debatió en TVE sobre la influencia de EEUU y del ‘american way of life’ en Europa. En aquel tiempo, que ya parece diluviano, González estaba en su tercer mandato, Bush padre gobernaba USA, el recuerdo del nazismo, Hiroshima o Nagasaki sonaba antiguo y el Muro de Berlín estaba recién caído. El soft power estadounidense buscaba fascinar a base de espectáculo, modernidad y entretenimiento, y lo conseguía.
El trumpismo fascistón, cada vez más agresivo y cutre, acaba de perder en Hungría. La pregunta es cómo lo digerirá y qué pasará en las Generales del 27. ¿Llamará Vance a Trump en un acto de Vox? ¿Se involucrará el señor de la Guerra, Pete Hegseth? Sería un golpe de efecto para Sánchez: Trump apoyando a Abascal y González, a su manera, a Feijóo (para cobrarse la cabeza del propio Sánchez). El despelote.