Ya está aquí la votación para elegir una candidatura que tenga el honor de iniciar San Fermín lanzando el Chupinazo, una encomienda que, no lo olvidemos, estuvo en manos de los concejales y concejalas durante muchos años y que solo se solía saltar UPN cuando tocaba el turno de la izquierda abertzale y, como era potestad de alcaldía, ofrecía el momento a alguna entidad deportiva destacada ese año.
Desde la llegada de Bildu y Asirón, se puso en marcha un sistema de proposición de candidaturas y una votación posterior entre 5 a cargo de la ciudadanía. A mi juicio, un sistema mucho más cercano a los méritos de la calle y de los colectivos, aunque, y creo que ya lo he comentado en ocasiones precedentes –sin ir más lejos el año pasado con motivo de la concesión a Yala Nafarroa, estando al 100% de acuerdo en que la causa lo merecía–, con una amplitud a la hora de poder designar candidaturas que tiene sus pros y sus contras.
Como ventaja, el hecho de no ceñirse a colectivos o personas directamente relacionados con San Fermín o con gran importancia en las fiestas amplía el abanico y sirve como sistema de recompensa por labores destacadas e impagables. Como contra, colectivos y personas que sí están intrínsecamente relacionadas con la fiesta se quedan fuera a veces de las votaciones finales e incluso en determinados años no llegan siquiera a pasar el corte inicial.
De igual modo, se enfrentan en ocasiones en la votación final a grupos no directamente relacionados pero con un gancho potentísimo. Huelga decir que todo aquel que gana lo merece, pero no sé yo si no habría que otorgar otra clase de premios y dejar lo del chupinazo exclusivamente para lo muy sanferminero. No sé, sé que no es fácil tampoco desentrañar qué es y qué no es sanferminero o qué tiene o no importancia en la fiesta, pero yo al menos intentaría establecer alguna base mínima o cuando menos evidente.