- Multimedia
- Servicios
- Participación
Los Caídos.- también llamado Los Muertos. Tengo un vago recuerdo del día que lo inauguraron, viendo la siniestra mojiganga uniformada y vociferante desde una vivienda de la plaza hoy de la Libertad, número 12, creo, y también de la salida del fúnebre cortejo de la Diputación desde una vivienda del edificio del Banco de España: muchos militares uniformados de gala y hasta un viejillo con el uniforme del ejército de Carlos VII que llamaba mucho la atención. En casa Baleztena, ventanas y balcones estaban cerrados en señal de protesta, algo que fue muy comentado por el público, fuera o no carlista, como una hazaña antifranquista.
Durante años, el edificio, también llamado el vaticanito, fue el lugar donde, en su cripta, se guardaban los restos de los generales Mola y Sanjurjo hasta que, no hace demasiado, fueron sacados y llevados fuera de lo que ha sido un incontestable monumento homenaje al golpe militar de 1936, aunque en su fachada pusiera Navarra a sus muertos en la Cruzada, y quizás la estampa más característica de una Pamplona sin fiestas, cerrando la avenida de Carlos III, hacia el sur y los límites de la ciudad.
Sé que me faltan más elementos de juicio que los conocidos por la reciente publicación nominal de los proyectos de reconversión del edificio y que habrá que esperar a su exhibición pública para hacerse una idea más precisa; pero de momento las informaciones inducen a pensar, primero, que va a costar un Congo, y luego en el refrán “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, por mucho que el disfraz sea imaginativo y lujoso, como parece ser el caso de ese enmascaramiento; y finalmente recuerda a la gatopardesca frase del príncipe de Lampedusa: “que todo cambie para que todo siga igual”. Habrá que esperar, ya digo, a la exposición pública de los proyectos de resignificación, sobre uno de los cuales pesa ya una acusación de plagio. Mal comienzo, me digo, aunque no sea cierto el plagio y esté bien argumentada la negativa a la acusación… se haga lo que se haga será difícil borrar el recuerdo del monumento franquista y su significado durante décadas, presidiendo casi una ciudad en la que fueron asesinados varios cientos de vecinos a consecuencia del golpe dado por Mola y los suyos.
Habida cuenta de que la avenida Carlos III está en pronunciada cuesta (basta fijarse subiéndola cualquier día de bochorno) ese remate en lo alto de la pendiente lo hacía casi fortificación, como el fuerte de Ezkaba en dirección opuesta. Imágenes imborrables, ambas de muy dudosa resignificación porque, pase lo que pase, no podrá olvidarse ni borrarse su historia y las circunstancias de su construcción, ni quiénes fueron sus ocupantes y su relación directa con el golpe militar de 1936.