A cuenta de la golpiza aeroportuaria, el consejero destacó que en ningún sitio de Europa ocurre nada semejante, que no es una cuestión policial, sino social. Bueno, son ambas. Por un lado, perdura un odio ya atávico, aunque la porra lleve en su sueldo no mostrarlo. Por otro, sí, lo nuestro resulta excepcional.
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Y es que en ninguna sociedad europea se protegen menos la salida del carril, la diversidad de criterio y el aporte de matices sobre aquel conflicto. En ninguna el salvaje asesinato de un paisano –Iván Illarramendi– importa tan poco.
Anteayer el israelí Eli Sharabi, secuestrado en Gaza durante 491 días, quien al salir supo que su mujer, dos hijas y hermano también habían sido asesinados, presentó su relato en la Feria del Libro de Madrid. A escasos metros vendía los suyos, tan distintos, Katakrak. ¿Se imaginan a Eli Sharabi firmando en Durango? Dicho a lo clásico: ¡ni por pienso!
Hace meses hasta el alcalde de Bilbao pidió suspender una charla de la embajadora israelí en la Villa, y se suspendió. Hace días su homólogo iraní ha visitado incluso centros municipales sin ningún reparo institucional. Es muy rara nuestra libertad de expresión.
Quizás alguien se vea como Leo Harlem a los maños: no es que sean tercos, es que tienen razón. Es una opción. Pero hay otra, y consiste en admitir un grave problema con la pluralidad. El asunto palestino es solo un ejemplo.
Y de esa falla cabe culpar a quien aún señala y amenaza al prójimo, claro, pues lamina todo fértil disenso. Pero también a quien, por miedo, comodidad o molicie, sigue regando un solar público casi monocolor, abono para el silencio, el tedio y el adiós. Que aproveche.