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Crítica de "La Luz": Dios aprieta, sus fieles ahogan

Tráiler de La LuzDIARIO DE NOTICIAS

Editor antes que director, Fernando Franco no hace prisioneros. Concibe cada película como una declaración de intenciones y sus intenciones no se andan por recovecos. Los que circundan al padre Manuel -inconmensurable Alberto San Juan-, son de culpa y remordimiento, de soledad y redención. Sin pensarlo, o tal vez sí, Franco hace de su sacerdote de pasado pederasta y presente de contrición, el san Manuel Bueno que Unamuno no podía mostrar en sus días. Este Manuel, con cuya confesión arranca la película, vive en una santidad culpable. No duda de su fe sino de la llama(da) de la carne. En el pasado abusó de tres niños y desde entonces lucha para no incurrir en el mismo pecado, en la misma infamia, en el mismo delito nefando.

Al contrario que la doctrina de Pascal, tan asumida por Unamuno -arrodíllate, mueve tus labios en la plegaria, y entonces creerás- el problema de este Manuel es que siempre ha creído. Ha tomado una decisión, está enamorado y pide la dispensa sacerdotal: quiere amar lejos de la jerarquía católica. Su petición se ha perdido en el laberinto eclesial. La paciencia del Vaticano es proverbial porque su tiempo se cree eterno. Como su obispo que le ¿protege?, como su arzobispo que le da largas, todos le piden calma; pero él vive en un estadio de extrema urgencia, camina a contrarreloj.

Dirección y guion:Fernando Franco.

Intérpretes: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Luis Callejo y Ramón Barea.

País: España. 2026.

Duración: 118 minutos.

El filme dura dos horas; sin desperdicio, sin reiteración, sin tiempos muertos. Fernando Franco convoca un filme lleno de gracia. La de querer ser mejor. La de cumplir con la palabra de Cristo. Nada que ver con pías querencias de rosario dominical y acné salpicando el rostro. El problema que aquí arde no gozará de la audiencia papal ni complacerá a los tibios. Las cifras son aplastantes. Más de cuatrocientas mil víctimas de abusos sexuales por miembros de la Iglesia nos contemplan solo en España.

Más de cuatrocientas mil voces silenciadas. O sea cientos de culpables encubiertos, sostenidos y no castigados, por un sistema al que tanto gusta apuntar con el dedo. Franco no apunta sino que dispara con un relato denso, agobiante e inocente en su integridad. Cree en la honradez de su Manuel, y lo convierte en figura bíblica. Para él levanta una pasión, un vía crucis, donde no falta de nada. Su vida acontece entre una madre anciana que guarda silencio y un poder secular que se lava las manos. Muestra a un cordero no culpable en su culpabilidad y retrata a un pródigo párroco ahogado por el catolicismo y la verdad.