En casa de mis abuelos, con apenas siete años y la capacidad de fascinación intacta, vi perder a Argentina con Bélgica en el partido inaugural del Mundial de 1982. Supuso el debut con derrota de Diego Armando Maradona, recién fichado por el Barcelona y señalado ya entonces como el futuro mejor jugador del mundo.

Aquel acontecimiento, el Campeonato del Mundo, que grabó mi primer recuerdo mundialista, marcó a toda una generación de niños de la época con partidos de leyenda y selecciones inolvidables. Más de cuatro décadas después, el Mundial que ayer arrancó en México se ha convertido en un inmenso y a veces repugnante negocio, que las satrapías del Golfo usan para blanquearse ante el mundo y que Donald Trump intentará emplear en su beneficio.

Pero a todo ello, con ser cierto, permanecen ajenos los niños que ayer, a la puerta del colegio, hablaban de Lamine Yamal y Mbappé, y de los partidos tardíos cuyos padres quizá no les dejen ver. Pegados a una pelota, con la misma ilusión que otros, hace ya demasiado tiempo, sentíamos cada cuatro años. Y que todavía hoy seguimos recuperando levemente. Quizá porque, como dice Jorge Valdano, al jugar a fútbol, al verlo por televisión o simplemente al hablar de él a cualquier hora, solo buscamos prolongar nuestra infancia.