El domingo pasado la atleta suiza Audrey Werro corrió los 800 metros en 1.53:98. Esta cifra a muchos de ustedes no les dirá gran cosa, pero imagino que son capaces de entender su valía si les digo que la suiza marcó la doble vuelta más rápida a la pista de 400 metros de los últimos 43 años. 43 años. La mitad de la población mundial no había nacido cuando Jarmila Kratochvilova hacía sus míticos 1.53:28 en 1983, imbatidos desde entonces.

Los 70 y los 80 y por qué no los 90 vivieron años de evidente dopaje de estado en muchos deportes y fruto de aquella situación aún resisten marcas como la mencionada, así como la segunda de la historia en 800, obtenida por la soviética Olizarenko en Moscú’80. El atletismo es un deporte modesto en comparación con otros, reparte poco dinero en comparación con muchos, pero lograr récords mundiales puede suponer una inyección económica de por vida para muchos atletas, deportistas que entregan sus mejores años al servicio de un deporte marcado como pocos por el dopaje y, por la importancia de las marcas, lastrado en sus expectativas, en la medida en que muchas pruebas ostentan o han ostentado durante décadas registros logrados claramente en épocas de doping masivo. Los organismos internacionales jamás se han planteado en serio coger un año concreto y hacer tabla rasa desde ahí y establecer un nuevo ranking de récords mundiales y mejores marcas, para premiar así a los y las atletas de la actualidad que obtengan los mejores cronos y resultados. Nadie se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato.

Lógicamente, sigue existiendo doping, pero hay más herramientas para perseguirlo y por eso si la suiza Werro corre limpia ni un solo aficionado tiene la más mínima duda de que es la mujer más veloz de la historia en los 800 metros. Los récords de 100 y 200 metros femeninos tienen 38 años, el de 400 tiene 41 y el de 800, 43. Sobran las explicaciones.