Si hay algo que los lideres iraníes comparten con los norteamericanos, es el desengaño provocado por la contienda que los enfrenta. En Teherán han descubierto que no son tan imprescindibles como creían ni tan invulnerables como presumían, mientras que Donald Trump ve que las guerras no se ganan solo con arsenales y tecnología.

Así, Teherán descubrió primero que sus líderes no eran invulnerables, ni sus estrategias bélicas inescrutables, ni su petróleo tan indispensable, ni sus alianzas tan numantinas, mientras que el presidente norteamericano también se llevó sus decepciones al ver que sus armas, por muy superiores que sean, no le garantizan victorias. Y al descubrir, igual que los iraníes, que sus alianzas se apoyan más en conveniencias que en solidaridad. Y que por muy necesaria que sea su capacidad militar, no acostumbra a ser suficiente.

Tampoco la estrategia de Trump de mandar a negociar a familiares como su yerno, o viejos amigos como Steve Wittkoff, ha sido muy productiva, quizá porque la visión islámica del mundo de algunos interlocutores en el Próximo Oriente no es ideal para negociar con un judío ortodoxo como Jared Kushner, o con un aficionado como Wittkoff –también judío– a la política internacional.

Para Trump, que ha pasado largos años en Nueva York rodeado de hombres de negocios judíos, tal vez no sea muy importante que pertenezcan a esta religión y raza, pero podría ser un factor negativo ante los lideres árabes y musulmanes, o incluso para estos dos enviados de Trump, que ven el mundo con gafas distintas a las de sus interlocutores en el Oriente Próximo.

Por su parte, en Teherán quedaron decepcionados al ver que sus vecinos musulmanes tenían intereses más allá de los religiosos que dominan en la vida política y económica iraní y les sorprendió ver que sus dirigentes no estaban a salvo de los misiles norteamericanos ni en sus propias casas. O que China, su principal y fiel cliente, muy necesitado de petróleo, no hacía cola frente a sus costas ni presionaba a Trump para un cese de hostilidades, sino que sabía buscarse la vida por otros medios e incluso, para gran horror de los iraníes, podía aplicar medidas de ahorro energético.

Las diferencias en mentalidad y expectativas explican la aparente parálisis en negociaciones y la prolongación de la contienda: Washington piensa que la superioridad militar y las presiones económicas serán suficientes para acabar con los sueños iraníes de convertirse en una potencia atómica y de amenazar al mundo occidental y rico, mientras que Teherán se aferra al calendario electoral norteamericano, convencido de que las elecciones parciales del próximo noviembre pondrán a la oposición demócrata en el poder legislativo y, al atar las manos a Trump, Washington plegará velas rápidamente y pondrá fin a su guerra contra Irán.

Probablemente, el cálculo iraní es más acertado que el de Washington, pues de momento el Partido Republicano parece que podría perder sus mayorías parlamentarias a causa de la guerra y, de ocurrir esto, es muy probable que los demócratas pongan fin rápidamente a esta contienda, tanto por motivos económicos como políticos.

Aunque este proceso no sería inmediato, en parte porque el nuevo Congreso no entraría en funciones en noviembre sino en enero del año próximo, y en parte también porque el negociador nato que es Trump puede aprovechar este intermedio post electoral para negociar nuevos acuerdos y sorprender a todos con su habilidad para dar vuelta a la situación y, sobre todo, a las interpretaciones de lo ocurrido.

Trump nos asegura que las elecciones no cambiarán su actitud y que seguirá luchando a capa y espada para llevar una solución al Próximo Oriente, una meta mucho más importante para él que la política interna norteamericana.

Tal vez sea así, pero Trump nos tiene acostumbrados a sus posiciones camaleónicas y sus promesas no inspiran gran entusiasmo. Además, una vez que ocupe los escaños de mayoría la oposición demócrata, la principal actividad de Trump no será ya dirigir los destinos del país, sino protegerse de la avalancha de pleitos y denuncias prometidos por sus rivales demócratas, decididos a vengarse por los años en que el presidente les ha obligado a tolerar cambios que detestan.

Una venganza que sería dura, pues su intención no es solo arruinarlo con los honorarios de sus abogados, sino convertirlo en el primer presidente del país que acaba, como otros lideres de repúblicas bananeras, tras las rejas de alguna cárcel.