El domingo pasé por el monumento al encierro. Como saben, el año pasado se incorporaron los nombres de los dieciséis corredores muertos desde 1910. Cuando los veo, me pregunto en calidad de qué están allí y en qué lugar nos dejan. A toda la ciudadanía con el ayuntamiento, este y los pasados y los que vendrán, al frente. No basta con decir que en calidad de muertos en el encierro como si el encierro fuera una catástrofe natural, algo que sobreviene fuera de control.

Esta consideración no me exime de empatizar con las personas que perdieron la vida y con sus familiares. ¿Cómo ser ajena al dolor que la muerte inesperada y violenta de personas en la plenitud de la vida esparce entre sus seres queridos? ¿Cómo no lamentar el sinsentido de su pérdida?

¿Qué nombres aparecen en nuestras calles? En la mayoría de los casos, los de personas consideradas dignas de recuerdo por su aportación a la comunidad, por su relevancia, por sus logros. Tras otros nombres hay una finalidad reparadora ante la injusticia sufrida, es el caso del recuerdo a las víctimas de ETA o a las del golpe del 36. Los dieciséis muertos en el encierro no encajan en estas categorías, pero tampoco en la de víctimas de accidente, ya que la muerte es una opción previsible y conocida dada la naturaleza del evento.

Dieciseis muertos en 115 años. Un muerto cada 7,18 años. En la actividad que puede que sea, que será, la más emblemática de las fiestas, por la que nos conocen en el mundo entero, mantenida con dinero público. No sabría como adjetivar el dato. ¿Cómo lo adjetivarían ustedes? ¿Quiere usted que quiten los nombres? No, quiero que pensemos. ¿Podemos asumir el riesgo de ir aumentando la lista de nombres en el monumento?