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Generación Z y salarios

Generación Z y salarios

Abundan los informes, los estudios y las noticias que hablan de cómo las empresas se adaptan a una nueva generación de trabajadores, los nacidos a partir de 1997, que –dicen– anteponen según qué condiciones a los salario: flexibilidad horaria, cercanía en el trato, bienestar emocional e incluso la adaptación de la empresa a los propios valores.

Así será, no lo voy a discutir, por mucho que los informes tienden a ser de parte y uno es libre de apreciar que las mismas consultoras que los elaboran analizan mucho menos los salarios, el modo en que la vivienda se come la capacidad de compra de quien desea independizarse y de que, como recordaba hace unos días Jesús Oliva, quien lo hace pasa a ser inmediatamente pobre.

Sobre todo ello, estos estudios plagados de términos en inglés –millennials, centenials, boomers– suelen callar. Se dice que el trabajo ha perdido centralidad en la vida de las personas, pero se oculta que, ante el encarecimiento de los bienes esenciales, son los salarios los que han perdido su capacidad de hacer prosperar a una persona o a una familia. Ni siquiera el debate político gira sobre ello. Ya lo decía, Kevin Spacey en el genial cierre de Sospechosos habituales: “El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía”.