La infancia que añoramos no existió jamas, Lutxo. La infancia que añoramos es un engaño de la mente. La inventamos nosotros. Y la estilizamos y coloreamos cada vez que volvemos a evocarla: es un sueño. Somos soñadores. Demasiada realidad se nos hace insoportable, le digo. Pero me parece que no me ha oído. Mucho mejor, qué más da. Estamos ahí, un día más, en la terraza del Torino, Lucho y yo, y de repente pasa una excursión de jubilados. Puede que holandeses. Ya es la tercera excursión de jubilados que pasa hoy.
Cada vez vienen más ancianos, dice Lucho. Y todavía no han dado las doce, digo yo. Cada excursión lleva su guía experto en tópicos y dulces locales. Si observo tan deliberadamente las caras de los jubilados turistas es porque no puedo evitarlo. No hay espectáculo como el rostro humano, ya sabes. Todos parecen cansados. Aburridos. Todos con pequeñas mochilas a la espalda. Todos con gorras de estilo turista mayor y gafas de sol. Tal como serían dibujados en un cómic de tipo manga suave. Todos buscando una mesa libre. A la sombra, si fuera posible.
El turismo, hoy en día, es un éxito de masas. Y aún va a durar. La turistificación de la existencia continua extendiéndose. La irrefutable turistificación de la vida pública y privada, con su consiguiente gastronomización del espacio común, nos afecta a todos mucho, Lutxo. Este país está hecho por y para la hostelería, viejo amigo, le digo. Y me contesta que él primero se va unos días a un crucero por Egipto. Y luego a la más azul de las islas Seychelles. Y a continuación, a un pueblecito muy pintoresco en la costa de Bretaña, cerca de no sé qué paraje emblemático. Y antes de que siga, le digo que todos esos viajes que me está contando con tanto adorno son solo fantasías, dado que, por suerte, él solo es un ser imaginario, producto de una mente atormentada, y nada más que eso. Y me suelta: Esperemos que sea para bien.