El futuro se ensombrece para muchos. De manera inquietante para la familia socialista y, en particular, la de Zapatero, que ve ensancharse un inexorable cerco judicial. Mientras busca desesperadamente un salvoconducto saudí que justifique las joyas en su oficina, el padre recibe el mazazo que siempre temió: la imputación de sus hijas, sobremanera, y de su fiel secretaria. Le llega sin haber convencido horas antes al juez instructor sobre su inocencia. Otro tanto le ocurre a Sánchez, acechado por ese apestoso manto de corrupción y por su pasmosa soledad parlamentaria. Tampoco la entonces mayoría de investidura sabe ya dónde meterse, consciente de que sigue dejando demasiados pelos en la gatera por cada capítulo del prolijo serial del latrocinio socialista, capaz de anular el impacto del caso Kitchen. Y al aciago panorama se suma la pareja de Ayuso, a quien se le complica el libertinaje del que venía disfrutando por el pausado ritmo judicial.
ZP no encuentra la herencia de su suegra. Tampoco los magnánimos árabes se dan prisa en salvarle del atolladero enjaretando cualquier justificación distraída sobre las alhajas. Por eso el presidente investigado reclama más tiempo para que obre el milagro exculpatorio, amén de guardarse la bala de plata de la prescripción. Es elocuente que no le llega la camisa al cuello desde que fue descubierto ese apetitoso alijo en su oficina y que tanto ha descorazonado a cuantos siempre le identificaron como un referente ético. ZP permanece tan azorado como apesadumbrados transitan sus fieles devotos, envueltos en una amarga disyuntiva: es culpable o le seguimos creyendo. La imagen de las joyas no se les quita de la cabeza.
En ese entorno de la izquierda conmocionada, cada vez más reducido tras la caída del caballo de Sumar y Podemos, conviven dos angustias. De un lado, la profunda decepción que genera un comportamiento tan indecente como inesperado; de otro, se quiere ver una chispita de luz que suponga al final de este largo calvario social, judicial y político. Al empeño se suma Sánchez, convencido como siempre de la inocencia de sus compañeros hasta que son condenados. En todo caso, ambos bandos son conscientes de que el acopio de joyas no declaradas supone, de por sí, una mancha imborrable. De momento, la bala perdida en la primera de sus comparecencias en la Audiencia Nacional agrava el desencanto entre sus fieles. Muchos de sus palmeros esperaban más contundencia con datos en su exculpación. Solo quienes quieren engañarse creen que la ausencia de medidas cautelares es un guiño optimista. El juez lo tiene claro. La triple imputación del jueves abre los ojos al último escéptico.
Confiar en ellos
En cuestiones de confianza, dos bestias negras para la derecha como Sánchez y su asesor áulico Zapatero van cada uno a lo suyo por caminos diferentes. No les falta razón. El presidente huye como gato escaldado del agua hirviendo porque saldría derrotado de un examen tan exigente en el Congreso. Su predecesor socialista, en cambio, la necesita sobremanera quizá para regenerar, si fuera posible, su alicaída credibilidad y, sobre todo, la desazón familiar. Su suerte está en otras manos y él lo sabe mejor que nadie. Por eso nunca dejará de suspirar por el silencio de Julito Martínez y de Ábalos, tan conocedores de los intrincados entresijos de Venezuela, su régimen, Plus Ultra y, especialmente, Delcy Rodríguez.
Supone un desalentador augurio para el acusado que el juez siga manteniendo los indicios de su criminalidad. Esa angustia atrapa a ZP. Ante semejante panorama, muchos socios que invistieron a Sánchez ven agotarse su paciencia, desalentados, a su vez, por las interminables correrías del influyente brazo cloaquero de Cerdán, Antoñita la fantástica. Cada uno de ellos va quejándose a su manera de esta deriva siniestra, aunque ninguno da ese paso adelante que tanto anhela Feijóo.
Además, cuando surge la oportunidad de escenificar una humillante derrota del presidente, allí acude solícita la sanchista Armengol y los entregados monaguillos de Sumar para abortar la operación urdida por PP y Junts, que se repetirá, y con éxito, en el Senado, aunque sea papel mojado. Los neoconvergentes trinan por esta bofetada, pero no cruzan la línea roja. Saben en su fuero interno que deben esperar para comprobar si se cumple la palabra dada por Cerdán de que Puigdemont será amnistiado este verano. Se entretienen sobresaltando a Sánchez y, de rebote, al resto de partidos. Fuegos de artificio. Ruido. La única realidad bajo el fuego cruzado: la coalición seguirá gobernando sin Presupuestos y a base de decretos.