No hemos empezado oficialmente el verano –comienza mañana por la mañana– y ya estamos en mitad de una ola de calor que dura varios días y que tiene pinta de que va a alargarse otros cinco como mínimo y no solo alargarse sino agravarse. Esta llegada de las altas temperaturas ha pillado a los medios de comunicación un poco con el pie cambiado, pero ya están empezando a surgir los clásicos del verano: Los 10 mejores lugares en los que refrescarse; las 10 mejores comidas para mantener a raya el calor; 10 consejos para dormir mejor si no tienes aire acondicionado; las 10 mejores playas a menos de 5 horas de su casa.

Esta práctica periodística lleva ya bastantes años entre nosotros y, la verdad, es entretenida. Le echas una ojeada y puedes rescatar dos o tres ideas o un lugar al que ir o uno al que no ir ni loco porque intuyes que se va llenar hasta las orejas y que se va a convertir en una romería, como ese video que circula por las redes sociales en el que se ve a una fila inmensa de personas aguardando a las 7 de la mañana para sacarse una foto en Santorini justo en el momento en el que aparecen los primeros rayos del sol del día.

Somos una civilización en general así: nos gusta que nos mastiquen las decisiones y que nos den un resumen y un listado de cosas que hacer y que no hacer, de sitios a los que ir, de lugares que tachar de una lista, de experiencias que vivir. Claro, no todo el mundo es así, hay todavía quien viaja sin una idea preconcebida de qué va a hacer cada día o de qué va a ver o dejar de ver, pero me da a mi que son cada día los menos y en cambio van a más los que lo tiene todo planificado casi al minuto.

Y luego está lo del eclipse. A ver dónde va a ver usted el eclipse del 12 de agosto. Y cómo va a ir si es que no vive allí. ¿Y si va justo ese día y está nublao? Ay, qué agobio, no estamos ya programados para los fiascos de última hora.