Yo no sé si abril, como dejó dicho el poeta inglés, es, con su lluvia, el mes más cruel (T.S. Eliot); pero este junio que ahora termina nos está aplastando con su calorina inclemente.
Estas fechas de junio suenan a vísperas de varias fiestas patronales: obviamente las de San Fermín; y las reservas, con suerte, por tardías, de mesa para el almuerzo del día 6, pero también los sanjuanes de Arizkun con sus fuegos callejeros de hierbas, sin olvidar el San Juan de Obanos.
Sin embargo, en lo público, que también existe, mal que nos pese, las cosas han sido borrascosas este mes de junio, con las andanzas judiciales de los golfos apandadores que medraron a la sombra del gobierno y las bochornosas alhajas del expresidente Zapatero, propias para la Corte del Faraón; alhajas que parecen salidas de una barraca de feria de antes más, como la del Oro Fix amontonadas en una cama de serrín debajo de unos bombillones cegadores.
Para mí, junio era un mes temible porque era el de los exámenes y las pésimas calificaciones que prometían pocas alegrías veraniegas, que de eso tratan las vísperas de junio. Eso de jovencico. Mas tarde, el mes de junio era el de las farras presanfermineras, mayormente porcheras, la limonada de Nalia para aliviar el mal cuerpo del bestondo, los primeros baños en las piscinas.
Recuerdo también, como cosa de junio, una especie de concurso de pesca de madrillas en la Magdalena, los ligues en los autos de choque de las barracas ya instaladas en Yanguas y Miranda o las meriendas de amigos bajo los plataneros de Casa Plácido, por ejemplo, que los castizos taurinos llamaban Mayorales, frente a los corrales de los toros, en plan entendidos, que por estas fechas se lleva mucho el ser entendido en los secretos festivos. Así hasta la sanpedrada de los amigos del Arte. Junio estaba apretado de ritos ciudadanos muy pamploneses, a cada cual los suyos que, como otros momentos y momenticos, el conocerlos es la prueba del algodón de la auténtica pamplonesería, importante asunto este y más en estas fechas. No he vivido lo suficiente los sanfermines como para sentar cátedra de nada; y menos de castizo; lo de aquí son recuerdos durmientes.